Un aclamado director de cine y su hija, una actriz sin éxito, ruedan juntos una película tras años de distanciamiento y un pasado difícil del que ninguno de los dos ha querido hablar.

El ser querido: Sorogoyen, Peña y el enorme elefante en la habitación.

Todos sabemos que cuando Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña unen fuerzas ocurre algo especial.

Hay una química especial labrada por los años, un imaginario y, sobre todo, una manera de entender el lenguaje cinematográfico que pocas veces se conforma con solo contar una historia.

Con El ser querido han decidido hacer ellos solos un nuevo diccionario cinéfilo: la dirección, guion, fotografía, composición, sonido, interpretación, metacine… Sorogoyen construye un ejercicio audiovisual tremendamente ambicioso en el que prácticamente cada decisión formal está diciendo algo sobre sus personajes.

PERO…

Sí, por desgracia, hay un pero enorme.

El gran elefante dentro de la película: la inevitable e injusta comparación con Valor sentimental.

Y digo injusta porque El ser querido merece ser analizada por sí misma.

Pero es que resulta tremendamente difícil evitarlo: la mala relación paternofilial, el cine dentro del cine, determinados colores, composiciones, espacios y decisiones narrativas proyectan constantemente la sombra del film protagonizado por Renate Reinsve, Stellan Skarsgård y Elle Fanning.

No quiero comparar ambas películas. No debo comparar ambas películas.

El problema es que mientras veía una, no conseguía dejar de pensar en la otra.

Y es una pena, porque Sorogoyen realiza aquí auténticas barbaridades.

Juega con el foco, el color, el encuadre y hasta el formato visual para modificar nuestra percepción en momentos concretos.

Es una decisión técnica y audiovisual arriesgada y, tal vez, efectiva, aunque termina abusando tanto del recurso que aquello que debería provocar impacto acaba perdiéndolo.

Cuando esperas que llegue nuevamente ese tipo de escena en lugar de sorprenderte, el efecto se ha deteriorado.

Pero cuando Sorogoyen confía en dónde coloca la cámara, es cuando la película me parece extraordinaria.

Hay dos escenas que son una auténtica lección al cine actual:

La primera, es la conversación entre los protagonistas, que es asfixiante. Bardem invade constantemente el encuadre de Luengo, la tapa, ocupa físicamente su espacio. No hace falta que el guion explique quién domina esa relación: ya lo está haciendo la composición.

Y ese lenguaje continúa durante toda la película. Él aparece encerrado, comprimido dentro del plano, atrapado por sus decisiones, su ego y sus propios pecados; ella dispone progresivamente de espacios con más aire. Las luces y las sombras tampoco están ahí para hacer planos bonitos: acompañan todo aquello que ambos personajes cargan.

Y después está el sonido.

O, mejor dicho, también su ausencia.

Silencios, voces aisladas, sonidos que desaparecen y música diegética que modifica completamente una escena.

Hay un momento maravilloso en el que una canción se convierte en película mientras Bardem escucha la música por los auriculares mientras observa a su hija.

Es que hay que quitarse el sombrero.

Y, si aún no has tenido suficiente, están Javier Bardem y Vicky Luengo.

Los dos están extraordinarios, pero Bardem construye un personaje brutal: consigue mostrar simultáneamente ego y arrepentimiento, arrogancia y fragilidad. Siempre existe la sensación de estar observando un explosivo con la mecha demasiado corta, a punto de explotar en cualquier momento.

Sabes que va a estallar, solo que no sabes cuándo.

El ser querido tiene decisiones que me entusiasman y otras cuyo exceso termina jugando en su contra.

Y probablemente cargue con una comparación que ni siquiera merece tener que soportar.

Pero cuando Sorogoyen deja hablar al encuadre, al silencio, esas miradas, esos primerísimos planos, a la composición de plano, recuerda algo que a veces olvidamos:este señor sabe muchísimo de cine.

Yo si eso, ya le voy extendiendo la alfombra roja.