
Hay cineastas que cuentan historias. Y después están los Javis, capaces de encontrar un universo entero en aquello que otros apenas se atreverían a tocar.
Porque hay que tener una sensibilidad extraordinaria y una buena dosis de conciencia artística, para atreverse a construir una película de 150 minutos a partir de un poema inacabado de Federico García Lorca.
Pero lo asombroso no es que se les haya ocurrido. Es cómo han conseguido transformar algo aparentemente tan pequeño, aunque de gran trascendencia, en una experiencia cinematográfica de esta envergadura.
Y es que no se limitan solo a adaptar a Lorca. Lo hacen respirar, hacen que lo sientes y escuchas en cada momento artístico de la película. Convierten sus versos en diálogos, sus silencios en imágenes y sus heridas en personajes que arrastrarnel dolor de varias generaciones.
La película se articula a través de tres tiempos que, lejos de funcionar como historias independientes, terminan convergiendo entre sí de manera orgánica, natural y devastadora. Tres épocas, distintas formas de amar y sufrir, y una misma necesidad de encontrar un lugar en el mundo sin tener que pedir perdón por existir.
El comienzo es especialmente desgarrador y durísimo. La guerra no aparece como contexto histórico, es algo repulsivo que lo contamina todo. La violencia, el miedo y la crueldad atraviesan a los personajes hasta convertir sus vidas en algo terriblemente frágil. Duele lo que vemos, pero también lo que intuimos que nunca podrán llegar a vivir.
Y, sin embargo, los Javis encuentran pequeños resquicios para el humor negro. No para restarle importancia al sufrimiento, sino para permitirnos respirar antes de volver a sumergirnos ante el dolor de ser como la naturaleza nos parió pero escondernos por miedo,
Y qué hay del reparto…?
Pues es absolutamente descomunal.
Desde Guitarricadelafuente hasta Miguel Bernardeau, pasando por Javier Gutiérrez, Penélope Cruz, Lola Dueñas, Albert Pla o Natalia de Molina, cada interpretación tiene un peso propio, sin olvidarnos a la grandiosa Glenn Close explicando una historia, que replica una tremenda realidad, aún vigente a día de hoy. No importa cuánto tiempo permanezcan en pantalla: todos aportan y apuntalan partes de esta historia.

Pero hay algo conmovedor en Guitarricadelafuente. Cuesta creer que estemos ante su primera interpretación en pantalla grande. Su actuación tiene una vulnerabilidad que desarma, una forma de expresar el dolor sin necesidad de verbalizarlo con esa mirada herida y llena de sufrimiento, ese mechón que tapa una cara que quiere ser feliz. Hay miradas suyas que parecen contener todo aquello que su personaje no puede decir.
Y ahí es donde la película alcanza una de sus mayores virtudes: comprende que el sufrimiento más profundo no siempre necesita palabras. Aunque, cuando las necesita, tiene las de Lorca.
Resulta fascinante comprobar cómo los Javis consiguen integrar sus poemas en los diálogos sin que parezcan un ejercicio ni forzado ni exhibicionismo literario. La poesía deja de ser algo que se recita para convertirse en algo viviente. Las palabras adquieren cuerpo, deseo, rabia, desesperación y dolor.

Y todo ello acompañado de una puesta en escena que, por momentos, parece desafiar los límites de la propia pantalla.
Hay secuencias que son auténticos cuadros vivientes, composiciones de una belleza casi irreal en las que el vestuario, los cuerpos, la luz y el movimiento construyen imágenes que remiten al universo estético de Jean Paul Gaultier.
Pero lo más importante es que la belleza nunca existe únicamente para ser admirada.
La fotografía juega con las luces y las sombras como si fueran una prolongación de los personajes. La música y el sonido tienen una presencia igualmente decisiva: acompañan, envuelven y, en ocasiones, parecen expresar aquello que las imágenes no alcanzan a contar.
Y la escena donde suena Guitarricadelafuente simplemente te destroza y liberas todo lo que llevabas acumulado hasta llegar a ese punto.
Entra por los oídos, atraviesa el cuerpo y termina instalándose en algún lugar bastante más difícil de explicar.
Y eso me ha impresionado muchísimo, que una vez más, los Javis logran de nuevo algo así.
La capacidad de los Javis para convertir una historia atravesada por la violencia, el deseo, la pérdida y la memoria en una experiencia que puede maravillarte y destrozarte en el mismo plano.
Hay una elegancia enorme en su manera de narrar y también esa valentía y muestran a los débiles y a los que la sociedad quiere apartar que tanto les caracteriza. No tienen miedo al exceso, a la teatralidad, a la belleza ni a las emociones desbordadas. Y, sobre todo, no parecen tener miedo a que el cine sea artístico sin renunciar a ser profundamente humano.
Porque, al final, lo que permanece no es la espectacularidad de sus imágenes ni la inteligencia con la que conectan tres tiempos distintos. Es la sensación de haber contemplado vidas que merecían ser vividas de otra manera.
Amores que merecían no tener miedo.
Personas que merecían no tener que esconderse.
Nadie debería esconderé y simple te vivir
Y una poesía que, tantos años después, continúa encontrando nuevas formas de recordarnos cuánto dolor puede provocar un mundo incapaz de aceptar aquello que no comprende.
Los Javis han conseguido algo extraordinario: que un poema inacabado encuentre en el cine una nueva forma de seguir viviendo.
Y que, al hacerlo, nos deje un poquito más rotos.