Pablo decide bajarse del tren en la estación de un pueblo de mala muerte, comprarse un viejo y destartalado piso frente a las vías y comenzar a vivir como si no fuera el reconocido arquitecto que en realidad es. Tal vez esté huyendo de alguien, o de algo, o incluso de sí mismo. En el pueblo, todo parece estancado, excepto Raluca, una mujer optimista abierta a las sorpresas que pueden cambiarte la vida para bien. Ella decidió confiar en su suerte, aunque la vida no siempre le presente su mejor cara.

La buena suerte, dirigida por Gracia Querejeta, y basada en la novela homónima de Rosa Montero, parte de una premisa realmente potente.

La película plantea una idea incómoda y poco explorada: ¿qué ocurre cuando el padre no huye de su pasado, sino de su propio hijo? ¿Qué significa ser el padre de alguien que ejerce la violencia? Ese punto de partida tiene una fuerza enorme, porque plantea un conflicto moral y emocional que podría resultar devastador y, además, tremendamente real.

El inicio del film funciona muy bien precisamente por eso.

Hay una sensación de misterio y de tensión que invita a seguir la historia, a intentar entender qué ha pasado y qué peso arrastra el protagonista. Durante esos primeros compases, la película parece prometer un drama intenso sobre la culpa, el miedo y la responsabilidad familiar.

Sin embargo, a medida que avanza el relato, esa fuerza inicial empieza a diluirse. La historia se va alejando del conflicto central que la hacía tan interesante y termina perdiéndose en caminos que no terminan de sostener el conjunto. La narración comienza a hacer aguas, dejando la sensación de que la película no sabe muy bien hacia dónde quiere ir.

La aparición del romance —casi como una seña habitual de cierto cine español— podría haber aportado una capa emocional interesante, pero en este caso no termina de funcionar. Entre otras cosas porque la interpretación de Megan Montaner resulta algo irregular, y su personaje no consigue aportar el peso que la historia necesitaría en ese punto.

A todo esto se suma un guion que deja demasiados cabos sueltos. Hay momentos en los que la historia parece incompleta, con agujeros narrativos bastante evidentes que dificultan la implicación del espectador.

De hecho, llega un punto —más o menos hacia la mitad de la película— en el que resulta fácil desconectarse de lo que está ocurriendo en pantalla.

Ni siquiera los momentos de acción logran levantar el conjunto, porque también se quedan demasiado contenidos, sin llegar a generar la tensión que la historia prometía al principio.

La buena suerte es una película con una idea inicial excelente, incluso muy valiente. Pero lo que empieza como un planteamiento lleno de posibilidades acaba desdibujándose en una narración que no termina de cuajar. Y eso deja una sensación inevitable de oportunidad perdida.