
Todos condenamos y nos espantamos con la frialdad y la deshumanización cuando se realiza un atentado.
Vemos imágenes, escuchamos testimonios, leemos cronologías e intentamos imaginar ese pánico.
Pero hay una parte que pertenece únicamente a quienes estuvieron allí: escuchar durante horas lo que se iba diciendo por radio y televisión, ver cómo las comunicaciones se saturaban, no poder contactar con alguien que estaba en el centro de Barcelona, sospechar del desconocido que tienes al lado, pensar que quizá estás encerrado en el mismo lugar que uno de los terroristas o pasar más de diez horas atrapado dentro de un coche, sin agua ni comida y prácticamente sin información, convertido involuntariamente en una pieza de la Operación Jaula.

Hay cosas que son imposibles de contar y solo se pueden vivir.
Y es uno de los principales retos de Cronos.
La película decide aproximarse a los atentados desde una perspectiva muy concreta: la operacional. Nos sitúa junto a los Mossos d’Esquadra y muestra cómo se activa el dispositivo Cronos, el protocolo policial desplegado en Catalunya ante una amenaza terrorista. Es decir, no pretende reconstruir únicamente el atentado, sino mostrar la maquinaria policial que se pone en marcha mientras el país todavía intenta entender qué está ocurriendo.
Como planteamiento, resulta interesante y poco sensacionalista.
Además, la película sabe entrelazar los distintos escenarios donde se desarrollaron los hechos, pasando por Barcelona, Ripoll y Cambrils, y consigue transmitir razonablemente bien esa sensación de que todo está ocurriendo al mismo tiempo, mientras la información llega fragmentada y las decisiones deben tomarse bajo una presión extrema.
El problema es que formalmente Cronos nunca termina de desprenderse de una sensación muy televisiva, tal vez porque todos vivimos ese caos por televisión.
Su puesta en escena y su ritmo recuerdan demasiado a un telefilme o a un episodio especialmente largo de una serie policial. No necesariamente porque esté mal ejecutado, sino porque le falta esa contundencia cinematográfica capaz de transformar unos hechos tan graves en una experiencia verdaderamente inmersiva.

El guion es correcto, pero demasiado funcional, esperas exactamente lo que van a decir.
Y es precisamente aquí donde aparece uno de los elementos que más me chirrían: el esfuerzo constante (y mal orientado) por humanizar a los policías.
La intención es comprensible. Evidentemente, debajo del uniforme hay personas con familias, miedos y vidas completamente ajenas a lo que está a punto de ocurrir. Pero la película insiste tanto en recordárnoslo que acaba consiguiendo el efecto contrario.
Antes de que estalle todo, prácticamente todas las conversaciones personales están relacionadas con la familia. Todas. Y ahí se nota demasiado la mano del guion.
Porque las personas no hablan constantemente de sus hijos, parejas o padres para demostrar que son humanas. Hablan de fútbol, del jefe, del compañero que les cae mal, de política, de los vecinos, de una multa absurda o de la suegra que vuelve a llamar. De cualquier tontería. Precisamente esas conversaciones banales habrían conseguido que los personajes resultaran mucho más reales.
No necesitamos que nos recuerden continuamente que antes de ser policías son personas. Ya lo sabemos.
Por suerte, el reparto aporta mucha solidez. Enric Auquer, Diana Gómez, Mónica López y Pablo Derqui, rostros muy reconocibles tanto del audiovisual catalán como del estatal, consiguen sostener buena parte del peso dramático de la película incluso cuando los diálogos no les ofrecen demasiado margen pero su actuación salva la escena.
Sus interpretaciones aportan credibilidad a una historia que necesita precisamente eso: verdad.
Porque Cronos funciona mejor cuando deja de intentar construir personajes y simplemente observa cómo trabajan bajo presión. Las órdenes cruzadas, la información incompleta, las decisiones tomadas en segundos y la responsabilidad de manejar una situación que cambia constantemente son los momentos donde la película encuentra mayor fuerza.
Sin embargo, también tengo la sensación de que el film suaviza determinados aspectos que fueron de dominio público y que formaron parte de la experiencia colectiva de aquellos días.

Y es un factor que acaba debilitando el relato.
No hace falta convertir la película en un documental ni reproducir cada detalle conocido, pero cuando estás contando unos acontecimientos que gran parte de la población vivió prácticamente en directo, omitir determinadas situaciones o no incorporar algunos elementos reconocibles genera una cierta distancia o blanqueo de situaciones.
Quizá porque, en el fondo, Cronos no quiere ser una película sobre los atentados, sino sobre quienes tuvieron que gestionarlos desde dentro del dispositivo policial.
Desde esa perspectiva, funciona mejor.
Es un homenaje evidente a un cuerpo que tuvo que reaccionar ante una situación extraordinaria, tomar decisiones bajo una presión brutal y trabajar durante horas con el foco mediático y político completamente encima.
Y ahí creo que la película encuentra su verdadera razón de ser y su voz propia.
No pretende tanto explicar qué ocurrió como reconocer a quiénes tuvieron que actuar mientras todo estaba ocurriendo.
El problema es que, en ese esfuerzo por rendir homenaje y humanizar al cuerpo policial, termina dejando demasiado espacio fuera del encuadre. Y precisamente en ese espacio estaban muchos de los elementos que hicieron de aquellas horas algo absolutamente aterrador para quienes las vivieron.
La fotografía es correcto con bastantes planos medios que refuerzan esa sensación de agobio y miedo, espacios cerrados y luces saturadas, reforzando esos sentimientos de estrés y mal estar.
La música es un elemento clave que aporta muchísima tensión durante todo el film y no molesta ni impide disfrutar de la película, es una incorporación sonora que abriga bien el oído del espectador.
Cronos es una película correcta, bien interpretada y respetuosa con los hechos que retrata, capaz de mostrar con eficacia la dimensión operativa de una situación límite. Sin embargo, su tono excesivamente televisivo, unos diálogos a veces demasiado evidentes y la decisión de suavizar o dejar fuera determinados aspectos impiden que alcance toda la fuerza que su historia podía tener.

Aun así, funciona como un homenaje sincero a los Mossos d’Esquadra y a quienes tuvieron que responder a una tragedia mientras Catalunya permanecía paralizada por el miedo.
Porque hay algo que ninguna película podrá reconstruir del todo: lo que significó estar allí, no saber qué estaba ocurriendo y esperar, durante horas, que nadie alrededor fuera la persona a la que todo un país estaba buscando.