
Cuando Rubén llega hasta un remoto pueblo costero andaluz arrastrado por el viento del levante y por el recuerdo de Merche, la mujer con la que ha construido una relación online durante meses, se topa con un paisaje hostil: puertas cerradas, miradas esquivas… y una única ventana abierta. Y detrás de esa ventana solo encuentra a Vera, la hija adolescente de su pareja. Cuanto más habla con ella, más resquebrajado aparece el mundo que Merche le había construido. Entonces, Rubén empieza a sospechar que lo más desconcertante no es la ausencia de Merche… sino todo lo que él creía saber sobre ella.
La Ventana Abierta es una obra de escenario teatral pero que pierde fuerza al hacerse cine.
Hay películas que, aunque no te digan que vienen del teatro, lo notas desde el primer minuto. La Ventana Abierta, dirigida por Ana Graciani, es una de ellas. Y no lo digo como algo negativo.
De hecho, durante toda la proyección no podía dejar de pensar que esta historia probablemente funcionaría todavía mejor sobre un escenario, con la cercanía y la tensión que solo el teatro sabe generar.
Las interpretaciones cumplen sin más. Adriana Camarena, la pequeña protagonista principal, se convierte, sorprendentemente, en lo mejor del reparto. Su trabajo resulta natural y muy convincente.
En cambio, Unax Ugalde ofrece una interpretación que, precisamente por el origen teatral del material, se siente demasiado marcada y excesivamente teatral, algo que en pantalla acaba jugando en su contra.
Visualmente, la película está muy cuidada. La fotografía aporta una sensibilidad muy bonita y ayuda a vestir una historia que, por momentos, necesita ese apoyo estético.
El problema llega con el guion, ya que se queda demasiado justo y, además, comete un error que para mí resulta determinante.
Hay un detalle relacionado con la edad que menciona primero la madre y después la hija. Si estás mínimamente atento, ese pequeño dato hace saltar todas las alarmas.
En ese instante entiendes hacia dónde va realmente la historia y, a partir de ahí, la película pierde buena su capacidad para sorprender.
Ya no acompañas a los personajes en el descubrimiento; simplemente esperas a que el relato confirme lo que tú ya sabes. Y eso rompe gran parte de la experiencia.
Es una pena, porque la premisa tenía potencial y la puesta en escena demuestra mimo y buen gusto.
Sin embargo, la sensación final es la de una película que no termina de despegar y que, probablemente, pasará por la cartelera sin demasiado ruido.
Ojalá me equivoque, porque siempre es una alegría ver cine español apostando por propuestas diferentes. Pero en este caso, La Ventana Abierta me deja con la sensación de que funcionaba mejor sobre las tablas que delante de una cámara.