
Cuando caminar nunca había dado tanto miedo.
Adaptar a Stephen King nunca es fácil, ya sea por una de sus novelas más conocidas o una obra escrita bajo el pseudónimo de Richard Bachman: siempre habrá debate.
Siempre aparecerán comparaciones con el material original y siempre habrá quien cuestione cada decisión creativa, desde cambios en la historia hasta el reparto.
Por suerte, cada vez son menos quienes siguen perdiendo el tiempo discutiendo si un personaje debería tener un determinado color de piel en lugar de valorar si la adaptación funciona como película.
Y La larga marcha, dirigida por Francis Lawrence, funciona.
Sin haber leído la novela original, salí del cine con la sensación de haber visto una adaptación efectiva, capaz de mantener el interés durante casi dos horas con una premisa que, sobre el papel, parece dificilísima de sostener.
Porque la historia es, básicamente, eso: un grupo de jóvenes caminando.
Estamos ante una especie de Battle Royale donde las armas se sustituyen por la resistencia física y mental. No hay grandes persecuciones, ni escenarios cambiantes, ni pruebas espectaculares. Solo una carretera interminable, cien participantes y una única norma: no dejar de caminar.
Sobre el papel parece una idea que podría agotarse en veinte minutos.
Pero Francis Lawrence consigue lo contrario.
La película mantiene la tensión durante todo el trayecto gracias a un ritmo muy bien medido y, sobre todo, al desarrollo de sus personajes.
Poco a poco vas conociendo quiénes son, sus motivaciones y cómo esa marcha interminable va rompiendo sus cuerpos y, sobre todo, sus cabezas.
Es un relato de supervivencia donde el verdadero enemigo no siempre es el cansancio. Es la desesperación.
Visualmente, además, La larga marcha entra por los ojos desde el primer plano.
La fotografía resulta magnífica, aprovechando los enormes espacios abiertos para transmitir justo lo contrario de lo que cabría esperar: una sensación constante de encierro.
La carretera parece no terminar nunca, convirtiéndose casi en una prisión a cielo abierto donde no existe la posibilidad de escapar.
También los efectos especiales están muy bien integrados. No buscan llamar la atención por encima de la historia, sino reforzar los momentos más duros. Y cuando la violencia aparece, lo hace con una contundencia que impacta.
Hay varias escenas de dolor físico que resultan especialmente incómodas precisamente porque Lawrence no las convierte en espectáculo gratuito, sino en una consecuencia inevitable de las reglas del juego.
Pero si hay alguien que sobresale por encima del resto es Mark Hamill.
Resulta curioso ver a un actor que buena parte del público sigue asociando inevitablemente con el héroe de Star Wars interpretando aquí a un personaje tan profundamente despreciable. Su comandante transmite autoridad, frialdad y una absoluta ausencia de humanidad.
No necesita levantar demasiado la voz para imponer miedo; basta su presencia para que cada aparición incremente la tensión.
Es uno de esos villanos que disfrutas odiando.
Y Hamill lo borda.
Precisamente gracias a él, la película nunca pierde de vista que el verdadero terror no está en caminar, sino en quién ha convertido esa marcha en un espectáculo.
Como ocurría en otras obras de King, el monstruo no necesita colmillos ni poderes sobrenaturales. Basta con un sistema dispuesto a convertir el sufrimiento en entretenimiento y a deshumanizar a quienes participan en él.
Es inevitable encontrar ecos de Battle Royale, Los juegos del hambre, curiosamente también dirigida por Francis Lawrence en varias de sus entregas, incluso El juego del calamar.
Todas comparten esa idea de convertir una competición en una crítica feroz a una sociedad que consume la violencia como si fuera un espectáculo más.
La larga marcha posee una identidad propia gracias a la simplicidad de su planteamiento: caminar.
Nada más. Y, aun así, consigue que cada paso resulte angustioso.
La larga marcha demuestra que no hacen falta grandes artificios para construir una historia de supervivencia absorbente. Con una premisa aparentemente mínima, Francis Lawrence logra mantener la tensión durante todo el recorrido gracias a una dirección muy sólida, una fotografía espectacular, escenas de enorme dureza física y un Mark Hamill absolutamente brillante como uno de esos villanos que permanecen en la memoria.