
‘Cuando el verdadero enemigo no son los tiburones, sino sobrevivir un minuto más.
Si uno lee la sinopsis de A mar abierto, dirigida por Renny Harlin, es fácil pensar que estamos ante otra película de tiburones.
Al fin y al cabo, el cine lleva décadas convirtiendo a estos escualos en las grandes estrellas del terror veraniego y se estrena en veranito.
Pero aunque hay tiburones, no son el centro de la historia.
Harlin propone un relato de supervivencia donde el accidente y sus consecuencias pesan mucho más que cualquier depredador marino. Si hubiera que resumirla de una forma rápida, diría que es una especie de La sociedad de la nieve, pero en mitad del océano y sin llegar a comerse entre ellos.
La película arranca con un accidente aéreo que resulta realmente angustioso. Harlin no se anda con contemplaciones y convierte toda esa secuencia en un ejercicio de tensión y crueldad constante. El impacto, el caos, el agua entrando en el fuselaje, los pasajeros intentando escapar… todo está rodado con una intensidad que consigue que el espectador lo pase mal.
Además, hay algo que se agradece mucho: la película no hace cine amable, nadie lleva un cartel que diga “este personaje está a salvo”.
El accidente deja víctimas, decisiones difíciles y situaciones desesperadas, y eso ayuda a que el peligro se sienta real desde el primer momento.
La parte más interesante llega cuando los supervivientes quedan atrapados entre los restos del avión parcialmente hundido. Esa lucha por salir del fuselaje, encontrar una vía de escape y mantenerse con vida mientras los tiburones amenazan con tragárselos, está muy bien planteada.
Más que los tiburones, es esa sensación de encierro bajo el agua la que sostiene buena parte de la tensión.
Visualmente, la película también cumple con nota.
La fotografía aprovecha muy bien los escenarios naturales y realza el entorno canario donde fue rodada, ofreciendo imágenes espectaculares del océano que contrastan continuamente con la tragedia que viven los protagonistas.
El mar resulta tan bello como amenazador, y esa dualidad funciona muy bien durante todo el metraje.
La banda sonora acompaña con bastante discreción. No busca manipular constantemente al espectador, sino reforzar los momentos de mayor tensión y dejar respirar las escenas más emotivas cuando es necesario.
Hay momentos, como los protagonizados por la abuela o el piloto del avión, que consiguen aportar humanidad a una historia que podría haberse limitado a enlazar sustos y ataques y hasta te hacen humedecer los ojos, pequeños respiros que recuerdan que, por encima del espectáculo, la película habla de personas intentando sobrevivir a una situación mortal.
El guion es su punto más débil. Hay decisiones de los personajes difíciles de justificar, algunos diálogos terribles, predecibles y casos forzados, o situaciones para que la historia siga avanzando. A eso se suma que varias interpretaciones que no terminan de estar al mismo nivel, y en algunos momentos cuesta creer las reacciones de ciertos personajes.
Está el atormentado por su conducta, los enemies to bros, friends to lovers, la presencia de niños para meterte el dedo en el ojo, la abuelita coraje y el capitán que da ejemplo y el villano, el villano que él mismo se define como personaje cuando dice «soy americano»
Qué ganas le tenemos todos de que muera en cuanto pueda.
Aun así, A mar abierto sabe cuál es su objetivo y no pierde el tiempo intentando convertirse en algo que no es. No pretende reinventar el cine de supervivencia ni descubrir una nueva forma de hacer películas de tiburones.
Su apuesta consiste en convertir un accidente aéreo sobre el océano en una experiencia intensa y entretenida, y lo consigue.
Puede que los amantes de los escualos echen de menos una mayor presencia de los tiburones, pero personalmente agradecí que la película apostara más por la supervivencia humana que por convertir a los animales en monstruos de feria. El verdadero enemigo aquí es el agua, el miedo, el cansancio y el tiempo.
A mar abierto ofrece un entretenimiento veraniego muy digno, con un arranque angustioso, buenas secuencias de supervivencia y una fotografía que convierte el Atlántico en un escenario espectacular. El guion y algunas interpretaciones le impiden alcanzar cotas mayores, pero nunca deja de resultar una experiencia disfrutable.