Y es que a todos, en mayor o menor medida, nos gustan las películas de acción.

Pero es que Motor City va un paso más allá, le da una nueva dimensión al cine de género.

Y no porque se pase con la violencia, la sangre o por sus explosiones imposibles.

No por los diálogos demoledores o tremendas luchas encarnizadas entre decenas de luchadores en los diferentes bandos.

Sino porque siendo una película demoledora de acción, es muda, no dicen una puta palabra en toda la película, el diálogo queda relegado a la acción y sobre todo, la música es la que toma la delantera y sustituye cualquier necesidad de expresión oral.

El diálogo inexistente queda enmudecido ya sea por escenas que ocurren tras una vidriera, porque se acalla el rechinar de unos neumáticos o porque la música es la opción más lógica.

Las secuencias a ultra cámara lenta acentúan la belleza de la violencia, adorna las escenas de brutalidad, dolor o desesperanza.

No es una trama desconocida, encarcelado por ser un ideal chivo expiatorio que se lleva a la chica de un marido y él la recupera a través de la corrupción de la policía y sucias artimañas.

Y entonces, llega el momento de recuperarla de verdad.

No esperamos unas actuaciones de Oscar ni siquiera una acción que te deje sin aliento.

Al contrario, esa ultra cámara lenta te deja contemplando la belleza de la compasión, porque esta película es muy cinematográfica con unos colores vibrantes y una composición que guía la mirada hacia donde quiere que mires.

La atmósfera tan de los setenta hace su trabajo y te envuelve en esas calles húmedas y oscuras, con coches que hacían sonar sus motores y largos descapotables mafiosos.

Es cierto que en algún momento se ve demasiado forzado el tema slapstick o una acción más directa sin el filtro de la cámara lenta, pero son momentos muy puntuales y siendo como ha escogido el director, tampoco queda mal.

La recomiendo fuertemente para disfrutar en pantalla grande y disfrutad de esas opciones de cámara y cinematografía 100% Hollywood.