Lanthimos vuelve a demostrar que nadie filma la locura como él

Había mucha expectación alrededor de Bugonia. No todos los días llega una nueva película de Yorgos Lanthimos, y menos aún cuando supone su sexta colaboración con Emma Stone y una reinterpretación de la película surcoreana Save the Green Planet!.

Aunque no haya visto el original, esta nueva versión funciona por méritos propios y vuelve a demostrar por qué el director griego sigue siendo uno de los cineastas más fascinantes e impredecibles del panorama actual.

La premisa ya es puro Lanthimos: dos jóvenes obsesionados con las teorías conspirativas secuestran a la presidenta de una poderosa multinacional convencidos de que, en realidad, es una extraterrestre que pretende destruir la Tierra.

Solo con esa idea ya sabes que aquí no vas a encontrar una película convencional.

Pero Bugonia no va de extraterrestres.

Va de cómo la sociedad actual ha convertido la paranoia en una forma de entender el mundo.

Lanthimos construye una sátira afiladísima sobre la cultura de las conspiraciones, la desinformación, la incapacidad para distinguir la realidad de la ficción y esa necesidad casi enfermiza de encontrar un enemigo oculto que explique todos nuestros problemas. Y lo hace sin dejar de ser él mismo: incómodo, absurdo, frío, divertidísimo por momentos y profundamente inquietante.

Gran parte del éxito de la película recae sobre Emma Stone y Jesse Plemons, que vuelven a demostrar que forman una pareja interpretativa espectacular.

Emma Stone vuelve a moverse como pez en el agua dentro del universo del director griego. Su personaje juega continuamente con el espectador, transmitiendo una calma casi sobrenatural que hace imposible saber qué está pensando realmente. Es una interpretación llena de pequeños gestos, silencios y miradas que sostienen buena parte del misterio.

Y enfrente está Jesse Plemons, absolutamente brillante como ese hombre devorado por sus propias obsesiones. Nunca cae en la caricatura fácil. Su conspiranoico resulta tan convincente porque él mismo cree cada palabra que dice. No interpreta a un loco; interpreta a alguien absolutamente convencido de que está salvando el mundo. Esa diferencia convierte al personaje en algo mucho más inquietante.

Los dos sostienen una batalla constante de miradas, silencios y manipulación que hace que la tensión nunca desaparezca.

Visualmente, la película vuelve a demostrar por qué Robbie Ryan es uno de los grandes directores de fotografía actuales.

La fotografía es impresionante. Cada plano parece medido al milímetro. Los espacios cerrados, que ocupan buena parte del metraje, están compuestos con una precisión casi quirúrgica. Lanthimos convierte habitaciones aparentemente normales en lugares opresivos simplemente gracias a cómo coloca la cámara, cómo ilumina el espacio y cómo sitúa a los personajes dentro del encuadre.

Todo parece perfectamente calculado para generar una incomodidad constante.

Incluso los efectos visuales, muy contenidos durante buena parte del metraje, aparecen cuando deben hacerlo y resultan totalmente convincentes, sin romper nunca el tono extraño que domina toda la película.

Otra de las grandes virtudes de Bugonia es su ritmo.

Puede parecer una contradicción, pero es frenético y pausado al mismo tiempo. No necesita persecuciones constantes ni grandes escenas de acción para mantenerte en tensión. Lanthimos cocina la inquietud a fuego lento, dejando que cada conversación, cada gesto y cada silencio vayan aumentando la sensación de que algo terrible está a punto de ocurrir.

Y funciona.

Durante prácticamente todo el metraje el espectador permanece incómodo, intentando averiguar quién tiene razón y hasta qué punto todo lo que está viendo pertenece a la realidad o a la locura de sus protagonistas.

Y luego está el final.

Sin entrar en spoilers, porque sería un crimen hacerlo, me parece una de las decisiones más inteligentes de la película.

No sé cómo termina Save the Green Planet!, así que llegué completamente limpia a esta versión. Pero precisamente por eso me gustó mucho que, cuando llega el momento de mostrar aquello que lleva toda la película insinuando, Lanthimos no intente convertirlo en un gran espectáculo visual.

Al contrario.

Lo muestra de una forma casi deliberadamente sencilla, incluso “cutre” si se quiere decir así.

Y creo que precisamente ahí reside parte de la gracia.

Porque no importa tanto si aquello es real o no, sino la forma en que los personajes han construido toda su identidad alrededor de esa creencia. Esa puesta en escena casi anticlimática funciona como una crítica abierta a las conspiranoias, a esa necesidad de encontrar pruebas espectaculares donde muchas veces solo existen interpretaciones interesadas de la realidad.

Es un final que seguramente dividirá al público, como casi todo lo que hace Lanthimos, pero que encaja perfectamente con el discurso de la película.

Como ya ocurría en Canino, Langosta, El sacrificio de un ciervo sagrado o Pobres criaturas, el director vuelve a utilizar una premisa aparentemente absurda para hablar de algo muy real. Aquí no hay monstruos ni invasiones espaciales como auténtico centro del relato. El verdadero monstruo es una sociedad donde cualquier mentira puede convertirse en verdad si encuentra suficientes creyentes.

Bugonia confirma que Lanthimos sigue siendo uno de los autores más personales del cine contemporáneo. Una sátira brillante sobre la paranoia colectiva, sostenida por dos interpretaciones enormes, una fotografía exquisita y una dirección que vuelve a demostrar un dominio absoluto del espacio, el ritmo y la tensión.

Y aunque nazca de otra película, se siente completamente suya.