
Una de esas películas que divide la sala… y a mí me dejó completamente fuera
Hay películas que exigen la complicidad del espectador. O entras en su propuesta o te quedas mirando desde fuera preguntándote qué demonios está pasando.
Para mí, Ice Tower, de Lucile Hadžihalilović, pertenece sin ninguna duda a esa segunda categoría.
Porque una cosa es el simbolismo, otra la metáfora y otra muy distinta es que toda la película parezca construida para que, cuando salgas del cine, la mitad del público asegure haber visto una obra maestra mientras la otra mitad siga intentando averiguar qué acaba de ver.
Aquí hay surrealismo, cuento, fantasía, imágenes oníricas y una puesta en escena que parece reinterpretar el imaginario de La reina de las nieves desde una óptica mucho más oscura y abstracta. Hay quien verá una reflexión sobre la identidad, el deseo, la represión o la transformación. Otros encontrarán una lectura sobre la sexualidad o la condena a vivir una vida impuesta. Y seguro que habrá quien la defienda como una pieza de arte puro donde cada plano tiene un significado oculto.
Yo, sinceramente, envidio a toda esa gente que ha conseguido descifrarla.
Porque durante buena parte del metraje mi sensación fue la de estar viendo una sucesión de imágenes bellísimas, cuidadas, pero incapaz de conectar con el fondo de la propuesta.
Visualmente está muy bien, igual que la fotografía. Plano con una precisión casi enfermiza y la película desprende elegancia visual imposible de discutir.
Los decorados, la iluminación y el uso del color construyen un universo hipnótico que parece suspendido entre el sueño y la pesadilla.
Lucile Hadžihalilović lleva años desarrollando un cine muy personal, donde la narrativa tradicional queda en un segundo plano frente a las sensaciones y los símbolos. Y aquí vuelve a demostrar que tiene un dominio absoluto de la imagen.
El problema es que para mí la forma terminó devorando al contenido.
Llega un momento en que tanta metáfora, tanta sugerencia y tanta ambigüedad hacen que la historia pierda completamente su capacidad para emocionarme. No necesitaba que me lo explicaran todo, pero sí sentir que había un hilo al que agarrar y no apareció.
Al terminar la proyección era curioso escuchar los comentarios. Había quien defendía que la película hablaba de la represión de la homosexualidad, otros encontraban referencias al despertar sexual, algunos la describían simplemente como una experiencia artística que no necesitaba explicación y otros, como yo, salíamos con la sensación de habernos perdido una conversación para la que nadie nos había dado el contexto.
Y probablemente ahí esté precisamente la intención de la directora. No busca ofrecer respuestas, sino provocar interpretaciones.
Pero esa apuesta también implica aceptar que muchos espectadores no conectarán con ella.
No es casualidad que el cine de Hadžihalilović genere siempre reacciones tan extremas.
Su filmografía nunca ha buscado agradar al gran público y, además, inevitable que muchos relacionen su nombre con el de Gaspar Noé, con quien comparte una larga trayectoria personal y creativa. Sin embargo, aunque ambos comparten el gusto por desafiar al espectador, sus caminos son muy distintos: mientras Noé suele recurrir a la provocación frontal y al exceso, Hadžihalilović apuesta por el misterio, el simbolismo y una narrativa deliberadamente esquiva.
Ice Tower es una película de esas que encontrarán auténticos defensores y detractores acérrimos. Nadie podrá negar su enorme calidad visual ni el talento de Lucile Hadžihalilović para construir imágenes fascinantes, pero tampoco creo que baste con ser hermosa para resultar emocionante.