
Una gran atmósfera al servicio de una historia que deja demasiadas preguntas
Cuando uno ve el nombre de Park Hoon-jung en la programación de Sitges, las expectativas se disparan.
El director surcoreano ha demostrado en películas como New World o The Witch que sabe construir thrillers con personalidad, violencia estilizada y una narrativa capaz de atrapar al espectador. Por eso, Tristes Tropiques llega al festival rodeada de bastante interés.
Y, por desgracia, no termina de estar a la altura de lo que promete.
La película plantea una historia con muchísimo potencial, una de esas que despiertan la curiosidad desde el primer momento y que parece esconder un gran misterio bajo su superficie. El problema es que ese misterio nunca termina de desarrollarse como debería.
Hay demasiadas cosas que la película da por hechas.
Demasiados personajes de los que apenas sabemos nada, relaciones que parecen importantes pero apenas se explican y situaciones que el guion decide dejar completamente en manos del espectador.
Que una película no lo explique todo puede ser una virtud, pero aquí la sensación no es la de estar ante una historia sugerente, sino ante una narración que deja demasiados huecos sin rellenar.
Y esos agujeros acaban pesando.
No porque uno necesite que le den todas las respuestas, sino porque da la impresión de que existe una película más completa escondida detrás de la que finalmente estamos viendo.
Hay acontecimientos que merecerían más desarrollo, personajes cuya evolución apenas se esboza y conflictos que aparecen y desaparecen sin terminar de encontrar una verdadera conclusión.
Es una lástima, porque la historia tenía potencial para convertirse en algo realmente potente.
Donde sí resulta difícil ponerle un pero es en el apartado visual.
La fotografía es espectacular.
Park Hoon-jung vuelve a demostrar un enorme gusto por la composición de plano y por el uso del color. Cada escenario está aprovechado al máximo y muchas secuencias tienen una fuerza visual que permanece en la memoria incluso cuando la historia empieza a perder fuelle.
La iluminación, el tratamiento de los espacios y el contraste entre la belleza de las localizaciones y la dureza de lo que sucede en ellas consiguen elevar la puesta en escena.
Hay planos que parecen auténticas pinturas y que recuerdan por qué el cine surcoreano continúa siendo uno de los referentes visuales del panorama internacional.
Esa factura técnica sostiene buena parte del metraje.
Porque aunque la narración termine resultando irregular, siempre apetece seguir mirando la pantalla.
El problema es que llega un momento en el que la belleza visual deja de ser suficiente. La película necesita que el espectador conecte con lo que está ocurriendo, que entienda las motivaciones de sus personajes y que sienta que todo ese viaje conduce hacia algún lugar. Y ahí es donde termina perdiendo fuerza.
No es una mala película.
Más bien es una película que parece incompleta.
Da la sensación de que hay una historia mucho más rica intentando abrirse paso, pero que el guion decide contar solo a medias. Y esa decisión acaba generando más frustración que fascinación.
Tristes Tropiques vuelve a demostrar el enorme talento visual de Park Hoon-jung, pero también deja la sensación de ser una oportunidad desaprovechada. Una película con imágenes poderosísimas, una atmósfera muy conseguida y un director con un gran dominio de la puesta en escena, pero incapaz de sostener todo ese despliegue con un guion que responda a las preguntas que él mismo plantea.