Una película que mejora cuanto más la piensas… y todavía más cuando vuelves a verla

Hay películas cuyo mayor giro llega al final. Y luego están aquellas que empiezan realmente cuando se encienden las luces de la sala. Es entonces cuando empiezas a reconstruir escenas, a unir detalles y a darte cuenta de que había mucho más delante de tus ojos de lo que habías percibido en un primer visionado.

Obsession, de Curry Barker, pertenece a ese segundo grupo.

Su punto de partida puede no parecer especialmente novedoso. La obsesión enfermiza, el secuestro, la manipulación psicológica o las relaciones tóxicas son temas que el cine ha explorado en numerosas ocasiones. Sin embargo, donde la película encuentra su verdadera personalidad es en la forma de contar esa historia.

Porque Barker no se conforma con narrar un thriller de terror.

Construye un puzle.

Uno que el espectador va resolviendo poco a poco mientras la tensión crece y las piezas empiezan a encajar de una manera realmente brillante.

La violencia, además, no se anda con medias tintas. Cuando la película decide golpear, lo hace con crudeza que resulta incómoda y muy efectiva. No busca el espectáculo gratuito, sino reforzar el deterioro psicológico de unos personajes que viven atrapados en una situación cada vez más asfixiante.

Y buena parte de ese mérito recae sobre sus protagonistas. Las interpretaciones son extraordinarias. Ambos sostienen prácticamente todo el peso de la película y consiguen transmitir una angustia constante. La relación que construyen resulta tan creíble como enfermiza, hasta el punto de que el espectador pasa por sentimientos muy distintos hacia el protagonista: primero desespera por su incapacidad para reaccionar, por esa actitud de “sin sangre” que parece condenarlo todo; después, cuando las decisiones que toma empiezan a acumularse, acabas queriendo darle un par de bofetadas por convertirse en un auténtico cabronazo y no hacer lo que sabes que debería hacer.

Y esa montaña rusa emocional funciona precisamente porque los actores están inmensos. Visualmente también hay muchísimo trabajo detrás.

Los juegos de luces y sombras están pensados con un mimo extraordinario.

No son una cuestión estética sin más, sino una herramienta narrativa que potencia el dramatismo y el terror de muchas escenas. La iluminación ayuda constantemente a definir el estado emocional de los personajes y a sembrar dudas sobre aquello que estamos viendo.

Pero quizá donde Obsession termina de conquistar es en su guion. Es un libreto sólido, sin fisuras aparentes, que deja sembradas infinidad de pistas para quien quiera mirar un poco más allá de la superficie. Y ahí es donde la película revela toda su riqueza.

Es una de esas obras que invitan inmediatamente a un segundo visionado. Porque empiezas a descubrir detalles fascinantes. Como esa chica de la tienda de regalos que crees que ha pedido un deseo y cuya transformación parece insinuarse desde el primer momento, con esa vela de evidente forma fálica y una bandera trans colocada discretamente en el fondo del plano. O la manera en que Nikki se mueve en determinados momentos, con gestos casi felinos que adquieren un significado especial cuando recuerdas la importancia del gato de Bear. O cómo permanece casi siempre envuelta en sombras cuando su comportamiento resulta más extraño, reforzando visualmente la sensación de que algo no termina de encajar. Incluso el hecho de que evite reflejar su rostro en espejos o superficies brillantes parece esconder una lectura mucho más profunda, como si la verdadera Nikki luchara constantemente por emerger bajo el hechizo que la domina.

Y lo mejor es que estos son solo algunos ejemplos. La película está plagada de pequeños detalles, símbolos y pistas que probablemente seguirán apareciendo en un tercer o cuarto visionado., además de homenajear al cine de terror. Es el tipo de cine que recompensa al espectador atento, que juega con él y que convierte cada nueva revisión en una experiencia diferente.

A todo ello hay que sumar un montaje sencillamente magnífico. La forma en la que Curry Barker organiza la información, administra el ritmo y decide cuándo mostrar, o esconder, determinados elementos es fundamental para que la película funcione con tanta precisión y nada parece colocado al azar.

Obsession demuestra que todavía es posible sorprender con una historia aparentemente conocida si se encuentra una forma distinta de contarla.

Un thriller psicológico violento, claustrofóbico e inteligentísimo, construido con un guion impecable, unas interpretaciones enormes y una puesta en escena llena de detalles que convierten cada revisionado en un pequeño juego con el espectador.