Un thriller correcto que nunca termina de encontrar su lugar en Sitges

Hay veces que, revisando la programación de Sitges, aparece algún título que te hace preguntarte qué pinta exactamente en un festival de cine fantástico. Odyssey, dirigida por Gerard Johnson, ha sido uno de esos casos para mí.

No porque sea una mala película. Ni mucho menos.

Simplemente porque cuesta encontrar el elemento fantástico o de género que justifique realmente su presencia dentro del festival. Lo que propone es, esencialmente, un thriller criminal bastante clásico, de esos que el cine lleva décadas explorando desde diferentes perspectivas.

Y ahí está también parte de su problema.

Porque la historia resulta demasiado conocida.

La protagonista es una agente inmobiliaria absolutamente tóxica: ultranarcisista, egoísta, manipuladora, adicta a la cocaína y convencida de que todo el mundo existe para facilitarle la vida. Es uno de esos personajes que el guion construye deliberadamente para que el espectador no pueda soportarla… y lo consigue.

Cada decisión que toma parece empujarla un poco más hacia el desastre, pero también hacia una huida constante de las consecuencias. Es de esos personajes que consiguen sacar lo peor del espectador: no porque estén mal escritos, sino porque están tan bien interpretados que acabas deseando que alguien le pare los pies de una vez.

Y ahí hay que reconocer el trabajo de la actriz protagonista.

Consigue transmitir esa mezcla de soberbia, ansiedad, desesperación y cinismo que convierte al personaje en alguien profundamente desagradable, pero también imposible de dejar de mirar. Cuanto peor se comporta, más quieres que la historia termine pasándole factura. Y precisamente por eso resulta tan frustrante verla salir adelante una y otra vez.

Es una interpretación muy eficaz.

También el resto del reparto cumple con solvencia, construyendo un entorno donde nadie parece especialmente inocente, aunque todos acaben orbitando alrededor del caos que genera la protagonista.

Visualmente, Odyssey está bastante cuidada.

La fotografía apuesta por una imagen muy limpia, con una paleta fría que encaja perfectamente con el tono emocional de la historia. Esa sensación de distancia, de vacío y de frialdad acompaña muy bien a unos personajes incapaces de conectar realmente con nadie.

Además, el tratamiento digital de la imagen, con un etalonaje muy marcado, potencia todavía más esa atmósfera clínica, casi deshumanizada, donde todo parece brillante por fuera y completamente podrido por dentro.

Es probablemente uno de los aspectos más sólidos de la película.

El problema vuelve a estar en el guion.

No porque esté mal construido, sino porque da continuamente la sensación de que ya hemos visto esta historia muchas veces. La caída moral de un personaje egoísta dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener su estatus o salir impune no aporta demasiadas novedades dentro del thriller contemporáneo.

No hay grandes giros que sorprendan ni una evolución especialmente novedosa.

Todo funciona… pero pocas veces emociona.

Y quizá eso explique una de las sensaciones más curiosas que dejó la proyección.

Cuando terminó la película, la sala se quedó completamente descolocada.

No porque hubiera un final abierto especialmente complejo o una revelación imposible de interpretar. Más bien porque muchos espectadores parecíamos compartir la misma pregunta: ¿qué acabamos de ver exactamente y qué quería contarnos la película?

No es una de esas obras que generan debate por su riqueza temática, sino por una cierta sensación de desconexión entre lo que plantea y el lugar donde termina.

En cierto modo, Odyssey recuerda a muchos thrillers británicos de corte criminal donde lo importante es observar cómo un personaje moralmente despreciable va hundiéndose poco a poco en sus propias decisiones. Solo que aquí el recorrido resulta demasiado familiar para llegar a sorprender.

Eso no significa que sea una mala experiencia.

Tiene ritmo, buenas interpretaciones y una factura técnica bastante sólida.

Pero tampoco deja demasiada huella.

Odyssey es un thriller correcto, bien interpretado y visualmente elegante, que probablemente habría encontrado un encaje más natural fuera de un festival especializado en cine fantástico. Su protagonista consigue despertar toda la antipatía que busca el guion, la fotografía aporta una personalidad muy interesante y Gerard Johnson demuestra oficio detrás de la cámara.

Sin embargo, la sensación final es la de haber visto una historia demasiado conocida, demasiado transitada y que nunca termina de justificar del todo ni su presencia en Sitges ni el impacto que parece querer provocar.