París, 1963. Roland, el más pequeño de una familia de seis hermanos, sufre una malformación en un pie. Según los médicos, nunca podrá andar, pero su tozuda madre, Esther, simplemente se niega a conformarse. Mediante una combinación de fe inquebrantable y negación excepcional, la mujer está decidida a desafiar cualquier adversidad para conseguir que su hijo sea feliz.

Érase una vez mi madre reconecta al espectador con aquello que da sentido a su vida.

Un film bellísimo en muchos aspectos: por su historia, por cómo está contado y por la enorme humanidad que desprende cada uno de sus personajes.

Basada en hechos reales y también en un libro, la película construye un relato profundamente íntimo sobre la relación entre una madre y su hijo. Desde el inicio se nos presenta a una mujer de carácter arrollador: fuerte, valiente, obstinada. Una madre capaz de enfrentarse a médicos, diagnósticos y cualquier pronóstico con tal de defender a su hijo. Esa fuerza, esa convicción inquebrantable, se convierte en el motor emocional de la primera parte de la historia.

Sin embargo, uno de los grandes aciertos del film es cómo, poco a poco, la perspectiva va cambiando. La película muta. Lo que comienza siendo el retrato de una madre extraordinaria va desplazando su foco hacia el hijo. Y lo hace de forma progresiva, casi imperceptible, acompañando su crecimiento y su propia forma de entender a esa mujer que lo ha marcado para siempre.

Esa evolución narrativa aporta una profundidad muy especial al relato. No se trata solo de una historia sobre la maternidad, sino también sobre la memoria, la identidad y la manera en que nuestras madres —con su amor, su carácter y también sus contradicciones— moldean quienes somos.

Las interpretaciones son extraordinarias. Marie-France Michel irradia una fuerza fascinante, sosteniendo un personaje lleno de vida, determinación y muchos matices. Pero el conjunto del reparto está a la altura de una historia que exige sensibilidad y verdad.

A todo ello se suma un trabajo visual impecable. La fotografía y el vestuario logran sumergirnos en las diferentes épocas por las que transcurre la historia, acompañando el paso del tiempo con una elegancia que nunca resulta ostentosa, pero que enriquece cada escena.

Érase una vez mi madre es una película profundamente hermosa. Un relato que habla de amor, de memoria y de la huella imborrable que dejan nuestros padres en nosotros. De esas películas que, cuando terminan, te hacen pensar en llamar a tu madre o abrazar un poco más fuerte a tus padres.

Y solo por eso ya merece ser vista.

https://youtu.be/ZlpAXBBoQ4Y?is=5QmrJ05RCmuGXX88