
Cuando una secuela responde más a la taquilla que a la historia
Hay secuelas que amplían el universo de una película y otras que simplemente existen porque la primera funcionó muy bien.
Black Phone 2, dirigida de nuevo por Scott Derrickson y basada en personajes creados por Joe Hill, pertenece, al menos para mí, al segundo grupo.
Después del enorme éxito de Black Phone, era cuestión de tiempo que llegara una continuación. Ethan Hawke regresa junto a Mason Thames, Madeleine McGraw, Jeremy Davies y Miguel Mora, trasladando la acción a un inquietante campamento de invierno donde el pasado vuelve para perseguir a los protagonistas. La película pasa por Sitges 2025 como uno de los títulos más esperados del festival.
Y precisamente por eso, la decepción es mayor.
Porque creo sinceramente que esta era una película que no necesitaba existir.
La primera funcionaba muy bien como relato cerrado.
Tenía un villano memorable, un componente sobrenatural muy medido y una historia que encontraba un final satisfactorio sin dejar la sensación de necesitar una continuación.
Aquí, en cambio, la impresión es que la historia busca desesperadamente una excusa para volver.
El nuevo escenario, un campamento aislado entre la nieve, intenta aportar un aire diferente y, visualmente, recuerda inevitablemente a títulos como El resplandor, con esos espacios abiertos que terminan resultando igual de opresivos que cualquier sótano.
Scott Derrickson vuelve a demostrar que sabe crear atmósferas inquietantes y que domina el terror visual con mucha solvencia.
El problema no está en cómo rueda la película.
Está en lo que decide contar.
Lo que menos me convenció de Black Phone 2 es la decisión de convertir al villano en una presencia claramente sobrenatural.
Y ahí es donde, para mí, la película rompe una de las claves que hacía tan perturbadora a la original.
Porque en Black Phone, Grabber daba miedo precisamente porque era humano. Un asesino terrible, sí, pero un hombre.
Toda la parte fantástica estaba relacionada con el teléfono y con las víctimas, no con convertir al asesino en una especie de entidad imposible de destruir.
En esta secuela, el personaje parece trascender esa condición para convertirse en una amenaza sobrenatural que sigue acechando a los protagonistas. Y esa decisión no solo cambia las reglas del juego, sino que también resta parte del impacto que tenía el original.
Sencillamente, no tiene sentido dentro de lo que la primera película había construido.
O, mejor dicho…
Sí tiene uno.
Seguir haciendo dinero aprovechando el enorme tirón de la primera.
Y esa sensación acompaña prácticamente todo el metraje.
No porque la película esté mal rodada.
Scott Derrickson sigue siendo un director muy competente dentro del género y sabe manejar la tensión, los sobresaltos y la puesta en escena.
Tampoco porque el reparto falle. Ethan Hawke vuelve a demostrar el enorme carisma que tiene como villano, incluso con menos margen para sorprender.
El problema es que la historia nunca justifica realmente su existencia.
Cada nuevo giro parece responder más a la necesidad de prolongar una franquicia que a una evolución natural de los personajes o del universo planteado anteriormente.
Y eso pesa mucho.
Porque cuando una secuela obliga a modificar las propias reglas de la original para poder existir, es inevitable preguntarse si realmente hacía falta contar esta historia.
No significa que la película sea un desastre. Tiene momentos de tensión bien resueltos, una ambientación muy conseguida y Derrickson continúa demostrando que sabe rodar cine de terror comercial con muchísimo oficio.
Pero también transmite continuamente esa sensación de “esto ya estaba contado”.
En cierto modo, Black Phone 2 recuerda a tantas secuelas del terror moderno que, incapaces de encontrar un nuevo camino, optan por hacer al villano cada vez más poderoso, más sobrenatural y más difícil de derrotar.
Una decisión que puede aumentar el espectáculo, pero que muchas veces reduce precisamente aquello que hacía inquietante al personaje.
Porque el verdadero miedo de Black Phone nunca estuvo en la magia.
Estaba en saber que monstruos como el Grabber podían existir.
En definitiva, Black Phone 2 es una secuela técnicamente competente, con una buena atmósfera y algunos momentos efectivos, pero cuya existencia cuesta justificar.
Cambia las reglas de la primera película para mantener viva una franquicia que quizá ya había dicho todo lo que tenía que decir.