
Un thriller futurista con una interesante reflexión sobre la IA, pero poco espíritu Sitges.
Cada edición del Festival de Sitges incluye alguna película que deja al público con la misma pregunta al salir de la sala: ¿qué hace exactamente esta película aquí? No porque sea mala, sino porque cuesta encontrar ese vínculo con el fantástico que justifique plenamente su presencia en la programación.
Chien 51, de Cédric Jimenez, ha sido uno de esos casos.
La película nos traslada a un futuro donde la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa para convertirse en una herramienta que condiciona el funcionamiento de la sociedad. La vigilancia, el control de la información y el peso de la tecnología en la vida cotidiana sirven como telón de fondo para un thriller policial con claros tintes distópicos.
La idea de explorar un mundo donde la IA influye en prácticamente todos los aspectos de la vida tiene potencial y conecta con inquietudes muy actuales. La película plantea preguntas interesantes sobre el poder de la tecnología y sobre quién termina controlando realmente esos avances.
Más allá de ese contexto futurista, Chien 51 funciona como un thriller bastante convencional. La investigación avanza sin grandes sorpresas y el guion nunca termina de aprovechar todo el universo que presenta.
Hay buenas ideas, pero da la sensación de que están al servicio de una historia demasiado sencilla para las posibilidades que ofrecía ese escenario.
Cumple con lo necesario para mantener el interés, pero cuesta encontrar momentos que realmente sorprendan o que eleven la propuesta por encima de otros thrillers de ciencia ficción recientes. Todo está correctamente construido, aunque rara vez emociona o deja una huella duradera.
Visualmente la película también juega sobre seguro.
Los efectos especiales son correctos, cumplen su función y ayudan a dar credibilidad al entorno futurista, pero en ningún momento buscan deslumbrar ni convertirse en uno de los grandes atractivos del film.
La ambientación está bien conseguida, aunque sin llegar a explotar todo el potencial visual que un mundo como este podría ofrecer.
Quizá el mayor problema de Chien 51 sea precisamente el contexto en el que se ha proyectado.
Vista de forma aislada, funciona como un entretenimiento digno para quienes disfrutan de los thrillers tecnológicos.
Sin embargo, dentro de un festival como Sitges, donde abundan propuestas mucho más arriesgadas, imaginativas o radicales, resulta inevitable preguntarse si realmente era el lugar adecuado para ella.
Porque más allá de su ambientación futurista y de la presencia de la inteligencia artificial como elemento narrativo, cuesta encontrar ese componente fantástico o rompedor que suele caracterizar muchas de las películas del certamen.
Chien 51 es un thriller de ciencia ficción competente, con una premisa interesante y una reflexión pertinente sobre el creciente peso de la inteligencia artificial, pero demasiado convencional en su desarrollo.
Una película que se deja ver con agrado, aunque sin aprovechar todo el potencial de su universo.