
El J-Horror demuestra, una vez más, que las muñecas siguen dando muchísimo miedo
Hay cosas que nunca pasan de moda en el cine de terror. Las casas encantadas, las maldiciones… y, por supuesto, las muñecas que convierten la vida de sus dueños en un auténtico infierno. Dollhouse, dirigida por Shinobu Yaguchi, recupera uno de los grandes clásicos del J-Horror para demostrar que, cuando Japón se pone serio con el terror, pocas cinematografías saben generar tanta incomodidad. La película pasa por Sitges 2025 dentro de la sección Panorama, con Masami Nagasawa y Koji Seto como protagonistas.
La premisa parte de un drama familiar. Tras la muerte de su hija de cinco años, una madre encuentra consuelo en una muñeca que guarda un inquietante parecido con la niña. Cuando años después nace otra hija y la muñeca queda olvidada, empiezan a suceder fenómenos extraños en la casa. Y, como manda la tradición del género, por mucho que intenten deshacerse de ella… siempre vuelve.
No es una idea nueva. Ni mucho menos.
Hemos visto muñecos malditos hasta la saciedad, desde Child’s Play hasta Annabelle, pasando por buena parte del terror japonés de principios de los 2000. Pero Dollhouse entiende perfectamente que la originalidad no siempre está en la premisa, sino en cómo se cuenta.
Y ahí cumple con nota.
La película sabe cuándo meter un susto, cuándo bajar el ritmo y cuándo dejar que sea la propia atmósfera la que haga el trabajo. No abusa del golpe de efecto fácil y construye una tensión muy efectiva alrededor de esa muñeca que nunca deja de resultar inquietante.
Además, el duelo que atraviesa la familia aporta un componente emocional que hace que la historia tenga algo más de peso que el simple “objeto maldito persigue a sus propietarios”.
El terror nace tanto de la pérdida como de la maldición, y esa mezcla funciona bastante bien.
Visualmente también está muy cuidada.
La casa se convierte en un personaje más, llena de rincones, pasillos y habitaciones donde siempre parece haber algo observando. Shinobu Yaguchi demuestra que no hacen falta grandes artificios para crear incomodidad: basta con una buena planificación, unos silencios bien colocados y una muñeca con la mirada adecuada.
Eso sí, el tramo final se alarga más de la cuenta.
Cuando parece que la película va a bajar el telón, todavía decide añadir una última vuelta de tuerca. Y luego otra. Y otra más. No llega a estropear el conjunto, pero sí deja la sensación de que habría ganado fuerza siendo un poco más contenida. Hay un momento muy claro en el que uno piensa: “ahora sí”… y no, todavía queda un último sobresalto.
Aun con ese pequeño exceso, Dollhouse cumple perfectamente con lo que promete. No reinventa el cine de muñecos malditos, pero tampoco lo pretende. Lo que hace es recuperar una fórmula muy conocida y ejecutarla con oficio, buen ritmo y suficiente personalidad como para mantener el interés durante todo el metraje.
Una película de terror muy disfrutable para los amantes del J-Horror, con una atmósfera sólida, sustos bien medidos y una muñeca que consigue hacerse un hueco entre las muchas que ya han pasado por el género. Puede que el desenlace se recree un poco más de la cuenta, pero nunca pierde su capacidad para entretener.