‘Opus’: cuando el ego, el lujo y las sectas se sientan a la misma mesa

Hay películas que llegan con una premisa tan potente que es imposible no subirse al carro.

Opus, escrita y dirigida por Mark Anthony Green, es una de ellas. Una estrella de la música desaparecida durante décadas reaparece de la nada e invita a un selecto grupo de periodistas, influencers y personajes del mundo cultural a un exclusivo retiro en mitad de ninguna parte.

Si eso no huele a secta, es que hemos visto poco cine.

La película pasa por Sitges 2025 tras su estreno mundial en el Festival de Sundance, con Ayo Edebiri, John Malkovich, Juliette Lewis y Murray Bartlett al frente del reparto.

Desde el primer momento queda claro que Opus quiere disparar en varias direcciones. Es una crítica al mundo del espectáculo, a la industria cultural, al periodismo que vive de la exclusiva, al culto a la personalidad, a las sectas disfrazadas de experiencias de lujo y, en definitiva, a esa obsesión moderna por convertir cualquier figura pública en un dios al que seguir sin hacer demasiadas preguntas.

Y la verdad es que el planteamiento funciona muy bien.

Mark Anthony Green sabe construir una atmósfera incómoda desde el primer minuto. Ese retiro exclusivo, los silencios, las normas, la sensación de que todos los invitados han sido elegidos por algún motivo que desconocen… Todo transmite una inquietud muy efectiva. La película juega constantemente con esa idea de que detrás de la elegancia, el dinero y el privilegio siempre puede esconderse algo profundamente perturbador.

Visualmente también entra muy bien.

La fotografía de Tommy Maddox-Upshaw tiene muchísima personalidad, vibrante, muy cuidada, con una composición de plano muy estudiada y una puesta en escena que aprovecha la arquitectura, los espacios abiertos y el lujo artificial del complejo donde transcurre la historia. Todo parece demasiado perfecto, demasiado limpio, demasiado diseñado… justo lo que necesita una historia donde nadie termina de mostrar su verdadera cara.

También hay un trabajo muy interesante en la composición de las imágenes. Cada personaje ocupa el plano con una intención muy concreta, reforzando esa sensación de jerarquía constante donde unos observan, otros obedecen y otros simplemente intentan sobrevivir al espectáculo.

El problema llega cuando la película decide levantar el telón.

Porque una vez descubres cuál es realmente el misterio, Opus empieza a deshincharse. No porque la resolución sea mala, sino porque todo el suspense construido hasta ese momento pierde fuerza de golpe. La película parece mucho más interesada en preparar el escenario que en desarrollar lo que ocurre una vez ya conocemos las reglas del juego.

Y ahí empieza a sufrir no solo el suspense, sino la propia trama.

La historia continúa avanzando, pero ya sin esa tensión inicial que hacía tan atractiva la propuesta. Los personajes dejan de resultar tan misteriosos y muchas de las ideas que parecían esconder varias capas terminan resolviéndose de forma bastante más convencional de lo esperado.

Es una pena, porque el material daba para mucho.

La crítica al culto moderno de las celebridades, a las comunidades exclusivas que funcionan como auténticas sectas de lujo y a la necesidad casi enfermiza de pertenecer a algo importante tiene muchísimo recorrido. De hecho, la película conecta inevitablemente con títulos como The Menu, Triangle of Sadness o incluso Midsommar, donde los espacios aparentemente idílicos esconden mecanismos de poder muy perversos.

Pero Opus nunca termina de ser tan mordaz como parece querer ser.

Juega constantemente entre la comedia negra, el thriller psicológico y la sátira social. Hay momentos donde el humor funciona bastante bien, especialmente gracias al reparto, pero también otros donde la película parece no decidir si quiere hacer reír, incomodar o denunciar.

Y esa indefinición acaba pasándole factura.

Ayo Edebiri vuelve a demostrar por qué es una de las actrices más interesantes de su generación. Su personaje funciona como los ojos del espectador dentro de ese universo de lujo absurdo y personajes completamente entregados al ego colectivo.

A su lado, John Malkovich hace exactamente lo que uno espera de John Malkovich: apropiarse de cada escena con esa mezcla de elegancia, ironía y amenaza que domina como pocos.

Pero incluso ellos parecen quedarse sin gasolina cuando el guion empieza a enseñar demasiado pronto todas sus cartas.

No ayuda tampoco que la película tenga un tono bastante irregular. Hay momentos donde parece abrazar el absurdo con mucha inteligencia y otros donde opta por soluciones bastante previsibles. La sensación final es la de una película que tenía una idea fantástica, un envoltorio visual muy potente y un reparto de lujo… pero que nunca termina de encontrar una resolución a la altura de todo lo que había prometido.

Eso no significa que sea una mala película.

Al contrario.

Opus entretiene. Tiene ritmo, buenas interpretaciones, una puesta en escena muy cuidada y suficientes momentos interesantes como para mantener la atención durante todo el metraje. Simplemente deja esa sensación de oportunidad perdida. De haber tenido entre manos una sátira realmente afilada y quedarse finalmente en una película correcta.

Y quizá ese sea su mayor problema.

En una época donde películas como The Menu o Blink Twice han demostrado que todavía se puede hacer una crítica feroz a las élites desde el género, Opus parece conformarse con señalar los problemas sin llegar nunca a clavar el cuchillo.

Una sátira entretenida, visualmente muy potente y con una premisa excelente, pero que pierde demasiada fuerza cuando el misterio desaparece. Su fotografía, su composición de plano y el trabajo del reparto sostienen una película que acaba siendo mucho más ligera de lo que parecía prometer.

Es de esas películas que se disfrutan mientras duran… pero que probablemente olvides antes de lo que imaginabas.