Body horror, redes sociales y una bofetada a los cánones de belleza.

Entre tanta película solemne, terror existencial y dramas que te dejan mirando al techo al salir del cine, siempre se agradece que aparezca una propuesta como Slanted, de Amy Wang.

Una película que entra como una gamberrada, se ríe de todo el mundo y, cuando te das cuenta, te ha soltado una de las críticas sociales más afiladas de todo el festival.

La premisa utiliza el body horror como vehículo para hablar de algo mucho más cotidiano y terrorífico: la obsesión por la imagen, los filtros, las redes sociales, la presión por encajar y esa necesidad enfermiza de modificar el propio cuerpo para parecerse al ideal de belleza que la sociedad vende como único camino hacia el éxito.

Aquí todo es exagerado, incómodo y descaradamente provocador. Amy Wang entiende perfectamente que el body horror siempre ha sido un género ideal para hablar del cuerpo, de cómo lo percibimos y de cómo los demás nos obligan a percibirlo.

Si La sustancia utilizaba la transformación física para reflexionar sobre el envejecimiento y la tiranía de la juventud, Slanted apunta directamente a la identidad y a la presión por convertirse en la típica rubia americana perfecta, esa imagen de éxito prefabricado que parece seguir dominando buena parte del imaginario colectivo.

Su humor es ácido, irreverente y tremendamente gamberro. No tiene miedo de exagerar hasta el absurdo para dejar claro el mensaje.

Debajo de toda esa locura hay una crítica muy seria sobre la falta de aceptación personal y sobre cómo las redes sociales han convertido la comparación constante en una forma de vida. Todos quieren parecer otra persona. Todos quieren la vida del vecino. Todos quieren el filtro perfecto.

Y Slanted convierte esa obsesión en auténtico horror corporal.

Visualmente también juega muy bien sus cartas.

Los efectos especiales son contundentes, muy físicos, muy desagradables cuando tienen que serlo y con ese punto artesanal que hace que cada transformación resulte todavía más impactante. No busca simplemente provocar asco; busca que cada cambio físico tenga un significado emocional y social.

Y lo consigue.

Además, Amy Wang imprime un ritmo frenético que hace que la película apenas dé un respiro. Todo avanza con una energía contagiosa, mezclando sátira, terror, comedia y locura sin perder nunca el control del tono.

Eso hace que sea una de esas películas que el público de Sitges disfruta especialmente.

Porque siempre encuentra una forma de ir un paso más allá.

Lo mejor es que, detrás de toda esa apariencia de fiesta gamberra, Slanted nunca olvida el corazón de su historia. Habla de identidad, de aceptación y del enorme daño que puede provocar intentar vivir siendo la versión que los demás esperan de ti.

Y eso le da mucha más profundidad de la que uno podría imaginar viendo únicamente su premisa.

Slanted ha sido una de las grandes sorpresas y, sin duda, una de las propuestas más divertidas del festival. Rebelde, descarada, inteligente y con una mala leche maravillosa, demuestra que el body horror sigue siendo uno de los mejores vehículos para hacer crítica social sin renunciar al espectáculo.