Un verano caluroso, a inicios del nuevo milenio. Natalia, Mariela y Josefina, inseparables amigas desde la secundaria, se enamoran perdidamente de Diego. El idilio se interrumpe cuando Diego conoce a Silvia, una mujer de 26 años sumamente llamativa y particular. Natalia, con ayuda de su abuela Rita, realiza un hechizo contra Diego y Silvia, apelando a macumbas vernáculas. Pero el conjuro no funciona. Esta historia se va escribiendo en los alrededores de la Tosquera, un paraje extraño de un suburbio campestre que Silvia les hace descubrir, donde hay una laguna oculta. Y a medida que el verano avanza, algo empieza a cambiar. Adaptación de cuentos del libro «Los peligros de fumar en la cama» de Mariana Enríquez.
Aunque la fresca actuación de los actores te atrapa, la historia es tan cotidiana que aburre, y el tramo final no válida por lo que has tenido que pasar hasta llegar al final

La Virgen de la Tosquera, dirigida por Laura Casabé y escrita por Benjamín Naishtat, dirigen un cuento de deseo adolescente, superstición, celos y amenaza latente que adapta relatos de Mariana Enríquez, concretamente La Virgen de la Tosquera y El carrito, ambos incluidos en Los peligros de fumar en la cama. La película pasó por Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició.

Pero… ¿qué puede salir mal cuando mezclas despecho adolescente con fuerzas que no entiendes?

El problema —o la gracia, según el tipo de espectador que seas— es que La Virgen de la Tosquera no va a por el terror de mandíbula desencajada. No es una película de “mira detrás de ti”, ni de sobresaltos con golpe de sonido. Lo suyo es más bien el folk horror de cocción lenta, muy atmosférico, muy sensorial, muy de dejar que el mal se filtre por las grietas del calor, la precariedad y el deseo. Y aquí es donde confieso que, aunque la película me gustó, lo hizo de forma moderada: este terror tan folk, tan soft, tan de amenaza insinuada más que desatada, no termina de ser mi religión.

Eso sí: visualmente tiene muchísima fuerza. La fotografía de Diego Tenorio es uno de los grandes pilares de la película, y no es casualidad que ganara el premio a Mejor Fotografía en Sitges 2025. Hay una textura de época muy lograda, un Buenos Aires suburbial de principios de los 2000 que se siente sudoroso, eléctrico y medio podrido por dentro. La imagen ayuda muchísimo a que esa adolescencia no parezca una postal nostálgica, sino un territorio incómodo, cargado de deseo, resentimiento y superstición.

En lo interpretativo, el reparto está muy correcto, con ese punto naturalista que le sienta bien a la película. Pero la gran aparición es Dolores Oliverio como Natalia. La protagonista tiene algo de camaleón: cambia de piel según la escena, puede ser vulnerable, rabiosa, obsesiva o casi espectral sin que se note el esfuerzo. En una película que vive tanto de lo que no se dice, su rostro acaba siendo casi un paisaje más.

Hay elementos —como el señor del carrito y todo el rollo del carrito— que quedan flotando en una especie de limbo simbólico que, personalmente, me saca un poco de la experiencia. Entiendo la apuesta por lo enigmático, por lo sugerido, por no triturarlo todo con explicaciones de manual. Pero una cosa es el misterio y otra es que ciertas piezas parezcan pedir a gritos un anclaje que nunca llega. Y sí, a mí esas cosas me molestan. Llámame básica, pero a veces necesito que el carrito no sea solo “vibras inquietantes”.

La película conecta con una tradición de terror donde lo sobrenatural no aparece como espectáculo, sino como síntoma: algo parecido a lo que ocurre en cierto cine latinoamericano reciente, donde la violencia social, el cuerpo femenino, la adolescencia y lo popular se mezclan hasta que ya no sabes si el monstruo viene de fuera o si siempre estuvo dentro. También hay ecos del coming-of-age oscuro: no estamos tan lejos de esa línea que va de Carrie al terror hormonal contemporáneo, aunque aquí todo sea más terroso, menos explosivo y más de maldición cocinada a fuego bajo.

No me parece redonda, y su terror demasiado suave y folclórico no terminó de atraparme del todo, pero tiene atmósfera, mirada y una identidad clarísima.

Y esto es importante: si eres de los que flipan con Mariana Enríquez, esta monstruoa de la literatura de terror contemporánea, aquí vas a tener bastante donde rascar. La película entiende su universo: el deseo como herida, la pobreza como fantasma, la adolescencia como posesión y lo cotidiano como puerta de entrada al espanto.

Mi Valoración Personal: recomendable, aunque con reservas. Más para amantes del terror atmosférico que para quienes busquen una experiencia realmente salvaje.