
Hay nombres que en Sitges ya no se reciben como invitados, sino casi como familia. Takashi Miike es uno de ellos. El director japonés ha pasado tantas veces por el festival, y con propuestas tan distintas entre sí, que su presencia ya parece parte del ecosistema: las colas, las sesiones golfas, las camisetas negras y Miike apareciendo con otra película bajo el brazo. Es raro el año en que no asoma, ya sea por su productividad casi insultante o porque, parece un amigo más del festival.
En esta ocasión llegó con Blazing Fists, título internacional de Blue Fight: Aoki Wakamono-tachi no Breaking Down, una producción japonesa de 2025 que Sitges programó en la sección Òrbita.
La película está dirigida por Miike, escrita por Shin Kibayashi, fotografiada por Nobuyasu Kita y protagonizada por Danhi Kinoshita y Kaname Yoshizawa. Su duración: 119 minutos.
La premisa va de Ikuto y Ryoma, dos jóvenes que se conocen en un reformatorio juvenil y acaban encontrando en un torneo de lucha una posible vía de escape, redención y choque frontal con su propio pasado. El proyecto también está ligado al luchador Mikuru Asakura y al universo del torneo Breaking Down, algo que explica bastante el aroma a producto construido alrededor de ese mundo deportivo.
Y ahí empieza el problema: Blazing Fists no me promete lo que vendía el tráiler. Uno podía esperar una locura de artes marciales con la mala baba habitual de Miike, algo más bruto, más incómodo, más pasado de vueltas. Pero lo que encontramos es una película sorprendentemente convencional para venir de quien viene. Dos rivales. Dos chicos de pasado complicado. Bandas. La chica. El bueno. El malo. El más malo todavía. El torneo. La redención. La amistad viril a base de puñetazos. Todo está demasiado en su sitio.
Y claro, cuando ves el nombre de Takashi Miike, uno no busca exactamente “todo en su sitio”.
El Miike que nos ha dado barbaridades como Ichi the Killer, pesadillas elegantes como Audition, excesos yakuza, westerns imposibles, remakes de samuráis, musicales dementes y dramas familiares rarísimos no tiene por qué estar siempre en modo salvaje. Eso sería injusto. Pero incluso en sus películas más contenidas suele haber una mirada extraña, una torsión incómoda, una escena que parece decir: “esto solo podía hacerlo él”. En Blazing Fists, esa firma aparece muy diluida.
No es que la película sea un desastre. Tiene energía, peleas, algún momento de violencia seca y se nota el oficio de Miike para mover personajes dentro de un relato de bandas, juventud rota y golpes como forma de comunicación. Pero el conjunto se queda en tierra de nadie. No termina de ser un drama juvenil potente, no termina de ser una película de acción memorable, no termina de ser una historia deportiva emocionante y tampoco termina de abrazar el exceso miikiano que muchos esperábamos.
Va demasiado en el filo. Y lo malo de caminar siempre por el filo es que, si no te decides a saltar hacia ningún lado, acabas dando vueltas por la barandilla.
La historia está llena de elementos reconocibles: chicos que vienen de abajo, violencia como lenguaje, un sistema que los empuja al margen, el ring como fantasía de ascenso social. Todo eso podría haber dado para una película bastante más sucia, más rabiosa o más emocional.
Pero parece conformarse con recorrer el camino más obvio, como si tuviera miedo de romper su propio molde.
Y eso, viniendo de Miike, sabe especialmente raro.
La parte de acción tampoco termina de levantar la película. Hay combates, y algunos tienen pegada, pero no alcanzan ese punto de coreografía memorable o de impacto físico que convierta la película en una experiencia de sala. No estamos ante una de esas obras que te hacen apretar los dientes en cada golpe.
Más bien da la sensación de estar viendo una sucesión de enfrentamientos funcionales, correctamente filmados, pero sin demasiada personalidad.
Y en lo narrativo, peor aún: todo resulta demasiado típico. La rivalidad entre los dos protagonistas, las bandas, los conflictos externos, la chica como pieza dramática, los villanos escalonados… la película acumula clichés sin conseguir que parezcan nuevos.
Es como si Miike estuviera pilotando una máquina que conoce de sobra, pero con el freno de mano puesto.
Quizá lo más frustrante es que el material sí tenía potencial. La juventud marginal, los reformatorios, el deporte de combate como espectáculo y como salida, la masculinidad rota, la violencia convertida en oportunidad de negocio… Son temas que, en manos de un Miike más inspirado, podrían haber dado una película feroz. Algo entre el cine de peleas, el drama callejero y la sátira brutal del entretenimiento violento. Pero aquí todo queda demasiado plano, demasiado esperado, demasiado domesticado.
No ayuda que la película dure casi dos horas. Para una historia tan reconocible, el metraje pesa. Hay tramos que se alargan más de la cuenta y escenas que parecen cumplir una función puramente mecánica: ahora toca conflicto, ahora toca entrenamiento, ahora toca rivalidad, ahora toca amenaza mayor.
El relato avanza,, pero no prende. Y cuando una película de peleas no prende, los golpes empiezan a sonar huecos.
Blazing Fists es una de esas películas que quizá habríamos recibido de otra manera si no llevara el nombre de Takashi Miike en los créditos. Como drama de jóvenes luchadores, se deja ver. Como película de acción, cumple a ratos. Como regreso de Miike a un terreno de violencia, bandas y cuerpos machacados, sabe a muy poco.
Es tremendamente floja para ser de Miike.