Hay películas que entran por los ojos antes de entrar por la historia. Honey Bunch, dirigida por Madeleine Sims-Fewer y Dusty Mancinelli, es una de esas. La ves y enseguida notas que hay una idea estética fuerte, una voluntad de incomodar, un gusto por el misterio y una atmósfera que parece cocinada a fuego lento en una clínica rara donde nadie debería firmar ningún consentimiento informado.

La película se presenta en Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, después de pasar por la Berlinale y el TIFF, con 113 minutos de duración y un reparto encabezado por Grace Glowicki, Ben Petrie y Jason Isaacs. La fotografía corre a cargo de Adam Crosby.

Diana despierta con recuerdos fragmentados, y su marido Homer la lleva a un centro experimental de recuperación de traumas en plena naturaleza. El lugar, claro, no tarda en oler a chamusquina. Porque en el cine de terror, cuando alguien te dice “tratamiento experimental”, lo mejor es salir corriendo aunque todavía no puedas andar del todo.

Y lo cierto es que Honey Bunch arranca con una propuesta arriesgada. Tiene ese aire setentero, enrarecido, casi de thriller psicológico con bata médica y pasillos donde la realidad parece doblarse un poco.

Hay una bonita fotografía, una textura muy cuidada y un uso del entorno que ayuda a crear una sensación de desconcierto bastante atractiva.

El problema es que una cosa es sugerir y otra muy distinta es estirar la niebla hasta que ya no se vea la película.

El terror se masca muy a fuego lento. Demasiado, quizá.

Al principio ese ritmo funciona, porque hay algo incómodo en la relación entre Diana y Homer, en ese centro de tratamiento, en los procedimientos raros y en la sensación de que la protagonista no puede fiarse ni de sus recuerdos ni de la gente que dice quererla. Pero poco a poco la película empieza a enseñar las costuras de su mecanismo.

Y ahí aparece el body horror, más como marco conceptual que como golpe plenamente efectivo. demuestra que hay un trabajo físico y técnico reconocible detrás. Pero aunque el apartado de efectos tenga mérito, la película no consigue que esa transformación corporal sostenga emocionalmente todo lo que quiere contar.

Porque sí, hay ideas: el cuerpo como archivo del trauma, la memoria como campo de batalla, el amor como obsesión, la recuperación como algo que quizá no busca sanar sino reconstruir a alguien según el deseo de otro. Todo eso está ahí. Y sobre el papel suena muy bien.

Pero en pantalla, la película acaba haciendo aguas.

El reparto es considerable. Grace Glowicki sostiene bien la confusión y la fragilidad de Diana. Ben Petrie funciona como ese marido aparentemente entregado cuya devoción empieza a resultar sospechosa. Y Jason Isaacs, claro, aporta presencia en cuanto aparece, porque Jason Isaacs tiene ese don maravilloso de entrar en una película y hacer que cualquier habitación parezca más turbia. Aun así, ni ellos consiguen levantar del todo un relato que se va volviendo cada vez más predecible.

Y ese es uno de los grandes problemas: Honey Bunch quiere ser perturbadora, pero termina siendo bastante más fácil de anticipar de lo que cree. Al principio juega a despistar, a crear un clima de rareza, a que el espectador se pregunte qué está pasando realmente.

Pero llega un momento en que el camino se intuye demasiado. Y cuando una película depende tanto del misterio, perder esa sensación de descubrimiento es mortal.

La película quiere moverse entre el trauma y el horror, entre el melodrama y la ciencia médica siniestra, entre el amor y la posesión. Pero en lugar de crecer, se dispersa. En lugar de volverse más inquietante, se vuelve más plana. En lugar de retorcerse, se acomoda.

Y eso la vuelve, por momentos, sosa. Que quizá sea una palabra injusta para una película con tanta intención visual, pero bastante precisa para la experiencia final. Porque puedes tener buena fotografía, un reparto potente, un centro médico inquietante y un concepto de body horror con potencial, pero si el guion no aprieta, si la tensión no escala y si la historia no sorprende, todo acaba quedándose en una superficie bonita.

Honey Bunch es una película arriesgada en intención, pero irregular en resultado. Tiene una envoltura atractiva, una fotografía muy cuidada y un reparto que claramente da más de lo que el material les devuelve. Pero el terror tarda demasiado en coger forma, el body horror no termina de cuajar como motor dramático y la historia acaba perdiéndose entre previsibilidad, rareza impostada y falta de verdadera pegada.

Una de esas películas que quieres que funcione más de lo que realmente funciona.