Rafa (David Sainz) y Toni (Mario Mayo) son dos buscavidas que trabajan para Ángela (Ana Turpin), una abogada de moral flexible que ofrece a sus clientes ‘soluciones rápidas’ al margen de lo legal. Dentro del maletero de uno de esos clientes aparece una misteriosa caja fuerte cuyo contenido, una reliquia de la Segunda Guerra Mundial muy codiciada por gente de los bajos fondos, les situará en el centro de una peligrosa encrucijada.

El cine de acción español llevaba tiempo pidiendo una película como Luger. Una de esas que no se disculpan por ser lo que son: golpes, persecuciones, tipos chungos, humor negro, diálogos con mala leche y un escenario tan poco glamuroso como absolutamente reconocible. Porque aquí no hay rascacielos de Dubai, casinos europeos ni villanos acariciando gatos en mansiones imposibles. Aquí hay polígono industrial, trapicheo, coches robados, gente de moral flexible y una sensación muy nuestra de que todo puede salir peor en cualquier momento.

Dirigida por Bruno Martín, que debuta en el largometraje, Luger pasa por Sitges 2025 dentro de la sección Òrbita. El guion lo firman Bruno Martín y Santiago Taboada, la fotografía corre a cargo de David Hebrero, y el reparto está encabezado por David Sainz, Mario Mayo y Ángel Acero.

La premisa es sencilla, directa y muy agradecida: Rafa y Toni, dos buscavidas que trabajan para Ángela, una abogada de moral bastante elástica, reciben el encargo de recuperar un coche robado. A partir de ahí, lo que parecía un trabajo más acaba convirtiéndose en una jornada infernal dentro de un polígono industrial. Vamos, el típico día en el que sales pensando “hago esto rápido y me voy a casa” y terminas deseando no haberte levantado de la cama.

Y lo mejor de todo es que Luger no tiene nada que envidiar a muchas películas de acción de Jason Statham. De hecho, tiene algo que a veces se echa de menos en ese tipo de cine: personajes con gracia, diálogos con sabor y un entorno que aporta personalidad. Aquí las hostias duelen pero es que también se habla. Y se habla bien. No en plan Shakespeare con navaja, sino con ese tono callejero, seco y socarrón que hace que los personajes parezcan de verdad salidos de un polígono español y no de una plantilla genérica de thriller.

La película sabe muy bien dónde está. No intenta parecer americana. No intenta esconder su origen. Al contrario: abraza lo castizo, lo de extrarradio, lo de nave industrial, bar de carretera, chándal emocional y mala decisión tomada a las diez de la mañana. Y ahí encuentra buena parte de su encanto. Porque una cosa es hacer cine de acción en España y otra muy distinta es hacer cine de acción español.

El trabajo de acción está muy bien coreografiado y muy bien llevado a pantalla. No hay esa sensación de golpes confusos, montaje nervioso y cámara movida para ocultar que nadie sabe pegarse.

Aquí se entiende la acción, se siente el impacto y las peleas tienen peso físico. Son hostias de las que duelen, de las que parecen dejar marca y de las que funcionan porque no están filmadas como simple relleno, sino como parte de la personalidad de la película.

Además, el escenario ayuda muchísimo. La acción transcurre en un entorno industrial muy concreto, ya que fue rodada casi por completo en el polígono P-29 de Collado Villalba, que sirve de inspiración para ese espacio áspero, cerrado y laberíntico.

Eso le da un punto de ratonera castiza estupendo. No es solo “dónde pasa la acción”, sino parte del tono: un lugar feo, práctico, hostil, perfecto para que todo se tuerza.

Y luego están los actores. David Sainz y Mario Mayo tienen algo que encaja de maravilla con este tipo de propuesta: carisma de antihéroes de barrio, química de colegas metidos en un lío enorme y esa capacidad de parecer graciosos sin romper la tensión. No son héroes impolutos. No son máquinas perfectas de matar. Son tipos que se meten donde no deben y sobreviven como pueden. Eso los hace mucho más divertidos.

Ángel Acero, por su parte, aporta ese extra físico y de presencia que este tipo de película necesita. Hay actores que, cuando entran en pantalla, ya sabes que la cosa va a ponerse fea. Y aquí eso suma muchísimo. El reparto tiene algo de “carne de este cine”: rostros, cuerpos y voces que parecen pertenecer a este universo de violencia cutre, deudas, encargos turbios y soluciones a puñetazos.

Luger demuestra que se puede hacer acción española sin complejos. No hace falta copiarnos mal del modelo estadounidense. No hace falta disfrazarse de superproducción. Basta con tener ritmo, buenos personajes, una identidad clara y saber dónde poner la cámara cuando alguien recibe una leche bien dada.

También tiene ese punto de cine independiente con nervio, algo que ya se venía destacando en su recorrido internacional: antes de Sitges, Luger tuvo presencia en la sección Next Wave del Fantastic Fest 2025 de Austin, donde se presentó como un thriller de acción ochentero, irreverente y de espíritu independiente.

Y esa descripción le va bastante bien. Hay algo ochentero en su manera de entender la acción como una mezcla de violencia, humor y personajes al borde del desastre.

¿Es perfecta? No necesariamente. Pero tampoco lo necesita, la de películas que funcionan por energía, por personalidad y por saber exactamente qué quieren ofrecer. Y lo ofrece.

Tiene ritmo, tiene golpes, tiene mala leche y tiene suficiente mundo propio como para que uno salga pensando: ojalá haya segunda parte. Y se nota en las salas, donde los espectadores disfrutamos tanto de cada tortazo y cada chascarrillo que nos enganchó a la butaca solo en sus primeros 5 minutos.

Porque ese es quizá el mayor cumplido que se le puede hacer a una película de acción de este tipo: que cuando termina, no piensas “bueno, ya está”. Piensas que estos personajes todavía pueden meterse en más líos, que ese polígono todavía puede esconder más cadáveres metafóricos —y quizá no tan metafóricos— y que Bruno Martín tiene aquí una base estupenda para seguir repartiendo cine de acción patrio.

Luger es una gozada para quien disfrute del thriller de acción con sabor local. Una película con golpes secos, buenos diálogos, interpretaciones muy entregadas y un escenario que cambia el lujo internacional por la grasa, el polvo y la mala baba del polígono.