Hay películas que llegan a Sitges y uno entiende inmediatamente qué hacen allí.

Hay sangre, hay monstruos, hay fantasmas, hay body horror, hay acción salvaje o hay una propuesta fantástica que encaja como un guante.

Y luego está Balearic, de Ion de Sosa, una de esas películas que te dejan con una pregunta flotando desde que se encienden las luces: ¿pero esto qué hacía exactamente aquí?

La película se presentó en Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, con 75 minutos de duración, producción entre España y Francia, fotografía de Cristina Neira y un reparto donde aparecen Christina Rosenvinge, Maria Llopis y Luka Peros. El guion lo firman Ion de Sosa, Juan González, Chema García Ibarra, Lorena Iglesias y Julián Génisson.

La premisa, sobre el papel, tiene su punto.

Un grupo de jóvenes se cuela en una casa de lujo con piscina y acaba atrapado allí por unos perros enormes y agresivos. Mientras tanto, en otra casa cercana, un grupo de adultos celebra el inicio del verano. Es la noche de San Juan, la magia está en el ambiente y la cosa debería oler a fábula inquietante, sátira social y pesadilla mediterránea.

Y durante un primer tramo, aunque te lo veas venir, Balearic parece que puede funcionar. La imagen de unos adolescentes atrapados en una piscina, convertida de pronto en una cárcel azul y absurda, tiene fuerza. Hay algo perverso en ese espacio de ocio transformado en ratonera. Una piscina, que debería ser el sitio donde refrescarte, ligar, hacer el idiota y sobrevivir al calor, pasa a ser una especie de isla mínima rodeada de amenaza.

Hasta ahí, comprado.

El problema es que la película hace clic. Y no un clic bueno, de esos que te abren una nueva capa de lectura. No.

Hace clic como cuando algo se rompe por dentro y ya no vuelve a encajar. A partir de cierto momento, Balearic deja de tener sentido, la trama se diluye y la película se entrega a una paranoia sin pies ni cabeza, donde cada escena parece alejarse más de cualquier posibilidad de conexión emocional, narrativa o incluso fantástica.

La sensación es bastante frustrante, porque la idea inicial podía haber dado para un survival raro, una sátira de clase, una fábula buñuelesca de ricos anestesiados y jóvenes abandonados, o incluso una película de terror seco y absurdo sobre unos chavales que no pueden salir de una piscina.

Pero el film no termina de decidirse por nada de eso.

O quizá se decide por todo a la vez, que muchas veces es peor.

Hay una intención clara de ser incómoda, experimental, esquiva. Balearic no quiere ser una película convencional de asesinos ni un relato de terror juvenil al uso. De hecho, algunas lecturas la han visto como una fábula sobre la autopreservación, el privilegio y la distancia entre generaciones.

Pero una cosa es ser raro y otra muy distinta es que esa rareza sostenga la película.

Aquí, personalmente, no la sostiene.

La fotografía tampoco ayuda lo suficiente. Cristina Neira intenta darle una textura particular al conjunto, con el agua, el verano, los cuerpos y ese ambiente de fiesta que poco a poco se va volviendo extraño.

Pero la puesta en escena resulta demasiado floja como para que esa incomodidad visual termine de cuajar. Todo parece más pensado que sentido. Más concepto que cine. Más “esto quiere decir algo” que “esto me está pasando delante”.

Y el guion… bueno, el guion. O mejor dicho, la falta de un guion que realmente agarre al espectador. Porque Balearic no necesita explicarlo todo.

Hace falta una estructura, una progresión, una tensión interna. Algo que te haga sentir que el delirio avanza hacia algún sitio. Aquí, en cambio, la película parece evaporarse. Empieza con una situación reconocible y acaba convertida en un artefacto que se mira demasiado a sí mismo.

El propio carácter inclasificable de la película ha generado reacciones muy divididas. Hay quien ha visto en ella una rareza magnética y arriesgada, mientras que otras críticas han sido durísimas con su deriva experimental y su falta de eficacia.

Y ahí está parte del tema: Balearic parece hecha para provocar división, pero en mi caso no provocó fascinación, sino desconexión.

Porque el riesgo, cuando funciona, es maravilloso. Sitges vive también de eso: de películas que se salen de la carretera, que incomodan, que rompen formas y que hacen que media sala salga odiándolas y la otra media proclamándolas obra maestra.

El problema es que Balearic no me parece una película radicalmente libre, sino una película tremendamente mejorable. Quiere romper códigos, pero no construye otros lo bastante potentes. Quiere incomodar, pero acaba agotando. Quiere ser misteriosa, pero se vuelve confusa. Quiere ser parábola, pero termina pareciendo un borrador de varias ideas que nunca acaban de encontrarse.

Y es una pena, porque la imagen central era buena: Jóvenes encerrados en una piscina por perros feroces mientras los adultos siguen con su fiesta.

Ahí hay comentario social, absurdo, tensión, violencia simbólica y mala leche. Ahí había película.

Pero Balearic se va por otro lado, se pierde en su propia niebla y acaba dejando la sensación de que la premisa era bastante mejor que el resultado.

Balearic es una de esas películas complicadas de digerir, pero no necesariamente porque sea profunda, sino porque nunca termina de agarrarse a nada. Arranca con una idea interesante, se retuerce hacia una paranoia sin rumbo y acaba diluyendo todo aquello que podía haberla hecho funcionar.

No es que no sea convencional. Eso incluso se agradece. El problema es que, en su huida de lo convencional, tampoco encuentra una forma realmente potente, bella, inquietante o memorable.