
“Gaua” significa “la noche”, y esta película no se entiende sin esa oscuridad que lo envuelve absolutamente todo.
Paul Urkijo Alijo vuelve a Sitges con su tercer largometraje, después de Errementari e Irati, y lo hace dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, con una historia ambientada en las montañas vascas del siglo XVII, en plena caza de brujas.
Urkijo es ya uno de esos nombres que parecen haber crecido con Sitges. No solo como director, sino como criatura festivalera.
Uno lo imagina perfectamente haciendo cola, viendo sesiones, flipando con monstruos de gomaespuma y tomando notas mentales para luego levantar su propio universo de mitología vasca, barro, sangre, sombras y criaturas que parecen sacadas de un cuento contado junto al fuego.
Y eso es exactamente Gaua: Urkijo en estado puro.
La película sigue a Kattalin, una mujer que huye de su marido y se adentra en el bosque durante la noche. Allí, perdida entre la oscuridad y el miedo, se encuentra con tres mujeres que lavan ropa junto al río y comparten cuentos, rumores y relatos de terror. Poco a poco, Kattalin acabará formando parte de esas mismas historias.
En el reparto encontramos a Yune Nogueiras, Elena Irureta y Ane Gabarain, con fotografía de Gorka Gómez.
Lo primero que hay que decir es que el trabajo de producción es admirable. Gaua parece una película que sabe exactamente qué recursos tiene y cómo exprimirlos hasta crear un universo propio. Hay una sensación constante de mundo cerrado, de tradición oral convertida en carne, de leyenda que se arrastra entre los árboles.
La fotografía es una barbaridad. Gorka Gómez trabaja las sombras, los interiores, la humedad, el bosque y la noche con una fuerza tremenda. Aquí la naturaleza no es un fondo bonito, es amenaza, refugio, frontera y altar. Los árboles parecen mirar. El río parece guardar secretos.
La oscuridad no tapa la imagen, la construye. Y eso es muy difícil de hacer sin caer en el “no veo un pimiento”, ese gran enemigo del fantástico nocturno.
También funciona muy bien el apartado de efectos especiales y criaturas, una parte fundamental del cine de Urkijo.
Como ya pasaba en Errementari e Irati, hay un amor muy claro por lo artesanal, por el monstruo con textura, por la leyenda hecha cuerpo. No es solo “mira qué ser mitológico tan chulo”: es una manera de conectar el folclore con algo físico, rugoso, casi táctil.
La música, firmada por Maite Arroitajauregi y Aránzazu Calleja, acompaña a la película durante todo su trayecto sin empujarla de más, reforzando esa sensación de rito, de cuento oscuro, de algo que pertenece más a la memoria colectiva que al susto fácil.
Y luego está el idioma. Gaua está rodada en euskera, Urkijo explicó que se basaron en el euskera de Xareta, con Gorka Lazkano encargado de aportar esa pátina arcaica al lenguaje.
Ese detalle no es decorativo. Hace que la película parezca venir de otro tiempo, como si no la estuvieras viendo, sino escuchando desde una cueva.
Ahora bien: conviene avisar al personal.
Tú sabes a lo que vienes cuando entras en una película de Paul Urkijo. Esto no es terror moderno de jumpscare, ni fantasía desengrasada para consumo rápido. Esto es folk horror vasco, mitología del norte, brujería, leyendas, patriarcado opresivo, naturaleza sagrada y mujeres atravesadas por relatos que llevan siglos circulando.
Si eso te entra, estás dentro.
Si no, más vale retirarse con dignidad.
Porque Gaua no intenta disimular lo que es, abraza con fuerza el universo Urkijo. De hecho, Filmax la describía como una película que transita entre la fantasía y la realidad histórica, sumergiéndose en el mundo nocturno de la mitología vasca y la superstición rural. Y esa definición le queda como un guante.
¿Es una película para todo el mundo? Ni de broma. Y ahí está parte de su gracia. Urkijo no está intentando hacer un fantástico neutro, internacional, sin raíces, de esos que podrían pasar en cualquier bosque genérico de streaming. Hay identidad. Hay territorio. Hay lengua. Hay mitología. Hay una forma muy concreta de entender el miedo como algo heredado, contado, repetido por las abuelas y transformado en cine.
Gaua es una obra de autor en el sentido más claro del término: para bien y para mal, solo podía salir de Paul Urkijo. Visualmente poderosa, profundamente conectada con el imaginario vasco y entregada sin complejos a los mitos y leyendas del norte. Una película que no pide permiso para ser lo que es.
Si este es tu tipo de cine, entra al bosque. Si no lo es, retírate antes de que anochezca.