Un perro fiel se muda con su amo a una casa en el campo, donde descubre que fuerzas sobrenaturales se esconden entre las sombras. Cuando amenazan a su amo, el perro tendrá que luchar por protegerlo.

Había muchas muchas ganas de Good Boy!. Muchas. De hecho, era una de esas películas que llegaban a Sitges con cartel de “fenómeno”, de “la película de terror que tienes que ver”, de “prepárate porque vas a pasarlo fatal”.

Dirigida por Ben Leonberg, escrita por Alex Cannon y el propio Leonberg, y protagonizada por Indy, el perro del director, la película formó parte de la Sección Oficial Fantàstic Competició de Sitges 2025, con una duración de 72 minutos.

La premisa, desde luego, es de las que venden una entrada casi sola: una película de casas encantadas contada desde el punto de vista de un perro. Indy se muda con su dueño Todd a una casa rural, empieza a ver cosas que los humanos no ven y tendrá que enfrentarse a unas fuerzas sobrenaturales que parecen querer arrastrar a su amo al más allá.

Y ahí está lo mejor de Good Boy!: el protagonista es un animal. No un perro secundario que ladra antes del susto. No es la mascota simpática que desaparece para que el público sufra. Aquí el centro emocional, visual y narrativo es Indy. La cámara se pega a él, la película respira con él y el terror se construye desde su confusión, su instinto y esa mirada de “humano, por favor, date cuenta de que algo va fatal en esta casa”.

La idea es buenísima. Tan buena que casi da rabia que la película no termine de estar a la altura de su propio concepto.

Porque Good Boy! está muy bien pensada. El recurso de no mostrar claramente a los humanos, de dejarlos desenfocados, cortados por el encuadre o directamente fuera de campo, funciona muy bien al principio. Nos obliga a mirar el mundo desde la altura del perro, a entender los espacios como él los entiende y a sentir esa impotencia tan particular: Indy sabe que algo no va bien, pero no puede explicarlo. No puede decir “oye, que el sótano da mal rollo”. Solo puede ladrar, mirar, huir o quedarse congelado.

Ese enfoque conecta con un tropo clásico del cine de casas encantadas: el animal que detecta lo sobrenatural antes que nadie. De Poltergeist a mil películas de fantasmas, el perro suele ser el primero en mirar una esquina vacía con cara de “aquí hay alguien”. Leonberg coge ese detalle, normalmente secundario, y lo convierte en película entera. Eso tiene mérito. Y bastante.

Además, el trabajo detrás del film es una auténtica locura. Leonberg rodó con su propio perro, Indy, sin usar CGI como base del personaje, y la producción se extendió durante más de 400 días a lo largo de tres años, con jornadas muy condicionadas por el ritmo y los descansos del animal.

Vamos, que aquí no estamos hablando de “ponemos al perro dos tardes y ya”. Hay una artesanía y una dedicación que se notan.

Pero claro, una cosa es admirar el esfuerzo y otra que la película funcione del todo como largometraje.

Y aquí llegan los peros.

Y Muchos.

Good Boy! habría funcionado de maravilla como corto o mediometraje. Su concepto es potente, original y muy vendible, pero no da la sensación de tener suficiente recorrido para sostener una película completa. Aunque dure solo 72 minutos, se hace larga. Y eso es un problema. Hay escenas demasiado parecidas entre sí, dinámicas que se repiten y una estructura que, una vez entiendes cómo funciona, pierde parte de la tensión.

Al principio estás dentro: el perro mira, algo se mueve. Pero llega un momento en que el mecanismo queda demasiado claro. Ves la escena venir. Ves el recurso venir. Y entonces, en vez de sentir más miedo, empiezas a pensar: “vale, ¿y ahora qué?”. Y muchas veces la respuesta es: más perro mirando cosas.

Que sí, Indy es adorable. Indy actúa —o existe delante de cámara— con una naturalidad que ya quisieran muchos humanos en según qué películas. De hecho, el perro ganó el primer Howl of Fame Award en SXSW, un reconocimiento pensado para una actuación animal memorable.

Pero llega un punto en que la película necesita algo más que su presencia. Necesita abrirse, variar, cambiar el ritmo, introducir otra energía. Y no siempre lo consigue.

El gran problema es que la han vendido como una experiencia terrorífica casi insoportable, y para mí no llega ahí. Tiene atmósfera, tiene momentos inquietantes y tiene una mirada original, pero en el fondo sigue siendo una película de fantasmas bastante clásica. La diferencia está en quién la mira. Y eso es importante. Pero no convierte automáticamente cada aparición, cada sombra o cada ruido en algo aterrador.

Hay una distancia curiosa entre lo que promete el fenómeno y lo que realmente ofrece la película. El marketing la ha colocado como “terror desde los ojos de un perro”, y eso es cierto. Pero el miedo, el miedo de verdad, no siempre aparece. Más que terror puro, Good Boy ! funciona como una experiencia de empatía animal dentro de una casa encantada. Te preocupa Indy. Sufres por Indy. Quieres proteger a Indy. Pero no necesariamente te mueres de miedo.

Y aun así, sería injusto machacarla. Porque tiene personalidad. Tiene una idea clara. Tiene recursos visuales inteligentes. Tiene una forma muy bonita de entender el vínculo entre humano y perro, casi como una historia de lealtad atravesada por el horror sobrenatural. Y tiene algo que muchas películas de género no tienen: una imagen central fácil de recordar. Ese perro solo, en mitad de una casa enferma, sabiendo más que todos los humanos juntos.

Lo frustrante es que, cuanto más avanza, más se nota que el concepto pedía una forma más concentrada. Como cortometraje habría sido una bomba. Como mediometraje, probablemente una joya. Como largo, queda la sensación de que se estira para alcanzar la categoría de película cuando su naturaleza quizá era otra.

Good Boy! es una propuesta especial, pero no la obra maestra aterradora que algunos han vendido. Su punto de vista canino es brillante, Indy es un protagonista maravilloso y la forma de ocultar o desenfocar a los humanos tiene mucho sentido. Pero también es repetitiva, limitada y menos terrorífica de lo prometido.