Lucy, una estudiante universitaria, pasa las vacaciones con sus amigos en la casa de su familia en Hawái, donde vive con su mascota, un chimpancé llamado Ben. Sin embargo, cuando Ben contrae rabia tras ser mordido por un animal rabioso, el grupo debe luchar por su vida para evitar al ahora violento chimpancé.

Hay películas que no vienen a reinventar nada. Vienen a cerrar puertas, romper cristales, llenar la piscina de sangre y recordarnos que tener un chimpancé como mascota quizá no era la mejor idea del mundo.

Primate, dirigida por Johannes Roberts, es un terror animal, un survival doméstico, violencia a saco y un público disfrutando como si estuviera en una montaña rusa con vísceras.

La película se presentó en Sitges 2025 dentro de Sitges Collection, con una duración de 89 minutos y un reparto encabezado por Johnny Sequoyah, Jessica Alexander y Troy Kotsur.

La premisa: Lucy vuelve a casa, se reencuentra con su familia y con Ben, el chimpancé doméstico. Durante una fiesta veraniega, el animal contrae la rabia y lo que parecía una reunión familiar se transforma en una encerrona de horror y supervivencia.

Y sí, vamos por partes: no vais a ver nada nuevo. Animal rabioso que amenaza a sus dueños dentro de una casa. Grupo de personajes tomando decisiones discutibles. Guion tirando a justito. Interpretaciones algo más que pasables, pero sin que nadie parezca estar intentando ganar el Oscar entre mordisco y mordisco. Todo eso está ahí. Primate no engaña.

Pero lo importante no es tanto qué cuenta, sino cómo lo plantea.

Ahí es donde la película gana muchos puntos.

Roberts, que ya había demostrado manejar el agobio físico en películas como 47 metros, entiende muy bien que el terror funciona mejor cuando reduce el espacio y obliga a sus personajes a pensar mal, rápido y con el agua al cuello. Aquí el gran hallazgo está en arrinconar a los protagonistas en una piscina, sobre una colchoneta, convirtiendo un espacio asociado al ocio, al verano y a la tranquilidad en una trampa ridícula, angustiosa y tremendamente efectiva.

Primate es, en el fondo, una especie de home invasion desde dentro. No entra un asesino por la puerta. No llega un psicópata con máscara. No aparece una amenaza exterior. El peligro ya vivía allí, ya formaba parte de la familia, ya era “uno de los nuestros”.

Y eso le da un punto bastante perverso: el hogar deja de ser refugio y se convierte en territorio enemigo. Lo conocido se vuelve salvaje.

La película juega muy bien esa carta. Ben no es simplemente “un mono malo”, sino una amenaza que combina fuerza animal, inteligencia y cercanía emocional. No es lo mismo huir de una criatura desconocida que de algo a lo que antes acariciabas, alimentabas y llamabas por su nombre. Ahí Primate conecta inevitablemente con una tradición que va de Cujo a ciertos slashers de encierro, pero cambiando el cuchillo por colmillos, uñas y una mala leche tremenda.

Y luego está lo que el público venía a buscar: violencia y sangre hasta decir basta. No se corta. Hay ataques brutales, heridas desagradables, tensión física y momentos pensados para que la sala reaccione en bloque. No es una película elegante, ni falta que le hace. Es cine de género de impacto inmediato, de esos que se disfrutan con el cuerpo: te ríes, te tapas los ojos, gritas un poco por dentro y a los cinco minutos estás esperando la siguiente barbaridad.

El uso del espacio está muy bien medido. La casa, la piscina, los pasillos, los accesos bloqueados… todo va construyendo una sensación de ratonera. La película deja respirar de vez en cuando, pero lo justo para que creas que igual los personajes han encontrado una salida antes de recordar que todavía queda un chimpancé rabioso rondando por ahí y que, sinceramente, pinta regular.

El guion no es su punto fuerte. Los personajes cumplen su función dentro del mecanismo, pero no hay demasiada profundidad. Son piezas de un tablero de supervivencia: correr, esconderse, equivocarse, sangrar, volver a intentarlo. Y aun así, funciona, porque Primate no pretende ser un drama psicológico sobre vínculos familiares. Pretende que un animal infectado convierta una fiesta en una carnicería y que el espectador disfrute del desastre.

Lo más interesante es que, por debajo del festival de ataques, está la idea de domesticar lo que nunca termina de ser doméstico. La película toca ese miedo primario a que la naturaleza, por mucho que intentemos controlarla, un día nos mire a los ojos y diga: “hasta aquí”. No estamos ante una gran reflexión filosófica, pero el trasfondo funciona. El terror nace precisamente de ese choque entre cariño familiar y violencia animal.

Y en sala, por lo que se pudo vivir, la cosa funciona como un tiro. Primate causó impacto y placer entre el público, de ese placer culpable tan de Sitges: el de aplaudir una escena bestia, reírte de puro nervio y comentar al salir que sí, que el guion será justito, pero vaya viaje.

Es una película para verla acompañado, porque parte de su gracia está en compartir la reacción colectiva. Sola en casa funcionará, pero con público entregado gana músculo.

Primate no inventa nada, pero sabe qué película quiere ser. Un survival de casa tomada, un terror animal sangriento, una serie B con colmillos y una propuesta que convierte una piscina en uno de los lugares menos seguros del mundo.

Tiene limitaciones claras, pero también tiene ritmo, mala baba y escenas pensadas para arrancar aplausos.

Si eres amante del terror animal, del survival y de la violencia sin demasiados rodeos, aquí tienes una sesión muy disfrutable.

Y si no lo eres, quizá también te convenga acercarte: al fin y al cabo, pocas cosas unen tanto a una sala como ver a un chimpancé rabioso destrozando una tarde de verano.