
En una noche de tormenta, Laura conduce por la autopista mientras mantiene una extraña conversación telefónica con su madre, Alicia. Inquieta por la reacción que ha tenido y sin poder localizar a la cuidadora, Laura le pide ayuda a su ex, Pedro, para que cuide a Alicia aquella noche. Cuando Pedro llega a la casa se enfrenta a una noche escalofriante en la que Alicia le propone un juego sádico.
Hay películas que te ganan en los primeros minutos con una promesa muy clara: “aquí hemos venido a pasarlo mal”. Vieja loca, dirigida y escrita por Martín Mauregui, arranca justo así: tormenta, llamada inquietante, una madre que no parece estar bien, una hija desesperada y un pobre Pedro al que le cae el marrón de ir a cuidar a Alicia, interpretada por Carmen Maura. Lo que parecía un favor incómodo se convierte rápidamente en una pesadilla doméstica con juegos sádicos de por medio.
La película que se presentó en Sitges 2025 dentro de Sitges Collection, con una duración de 94 minutos y fotografía de Julián Apezteguia, tiene un inicio brutal. De esos arranques que hacen que el amante del género se acomode en la butaca con cara de “vale, esto sí”.
Mauregui entiende muy bien el valor del espacio cerrado, del sonido de una casa demasiado grande, de una puerta que no conviene abrir y de una situación que se va pudriendo poco a poco. La película tiene un punto de thriller psicológico claustrofóbico, con ese aroma a encerrona que inevitablemente puede recordar a Misery.
Además, la fotografía y la puesta en escena están muy bien conseguidas. La casa no es solo un decorado: funciona como una trampa, como una madriguera llena de esquinas sospechosas. Hay una intención clara de darle empaque cinematográfico al asunto, y eso se agradece.
Visualmente, no parece una película montada con prisas para rellenar catálogo de terror, sino una propuesta con atmósfera, textura y una idea bastante clara de cómo convertir lo cotidiano en algo incómodo.
El problema es que esa fuerza inicial se va deshinchando. Y da rabia, porque la premisa tiene mala leche, el tono está bien pensado y el concepto funciona… pero no durante todo el metraje. En cierto momento empieza a aparecer esa sensación peligrosa de “esto era un corto estupendo al que le han puesto pesas en los tobillos para que llegue a largo”. La película estira su mecanismo más de la cuenta, repite dinámicas, vuelve sobre amenazas ya planteadas y acaba perdiendo parte del filo que tenía al principio.
El terror del que hace gala está bien ideado: una noche, una casa, una mujer imprevisible, un hombre atrapado y una violencia que parece venir de capas familiares y generacionales bastante oscuras.
De hecho, J. A. Bayona figura como productor, describe el proyecto como un thriller psicológico centrado en esos inquietantes juegos entre Alicia y Pedro.
Pero una cosa es tener una buena idea de terror y otra muy distinta sostenerla durante hora y media sin que el espectador empiece a ver las costuras.
Y luego está Carmen Maura.
Porque Carmen Maura no actúa: invade la película. Se come la pantalla, el encuadre, la casa, a Daniel Hendler y casi al espectador de la fila tres.
Su Alicia tiene momentos de fragilidad, de mala baba, de humor negrísimo y de amenaza pura. Es una interpretación que juega constantemente con la duda: ¿estamos ante una mujer vulnerable, ante una villana, ante una víctima, ante una manipuladora, ante todo a la vez? Maura convierte esa ambigüedad en el principal motor del film.
La película, de hecho, pertenece a esa tradición de terror de encierro donde el monstruo no viene de fuera, sino que ya estaba sentado en el salón. Hay ecos del thriller doméstico, del terror psicológico de habitaciones cerradas y de ese subgénero algo retorcido en el que la vejez, la dependencia y la culpa familiar se transforman en materia de pesadilla. En ese sentido, Vieja loca dialoga más con el mal rollo de La visita, La abuela o incluso con cierta tradición de terror gótico de interiores que con el susto fácil de manual.
Pero, pese a sus virtudes, no termina de compensar del todo. Tiene atmósfera, tiene un arranque potentísimo, tiene una puesta en escena trabajada y a una Carmen Maura absolutamente desatada.
Lo que no tiene es suficiente gasolina narrativa para que la propuesta llegue igual de viva al final. El resultado es una película disfrutable a ratos, con momentos muy inspirados, pero también con la sensación de que su idea central habría sido demoledora en un formato más corto y más afilado.
Vieja loca merece verse por Carmen Maura y por su contundente arranque, pero se queda a medio camino entre el gran ejercicio de terror claustrofóbico que promete y una película que no termina de saber cómo escapar de su propia casa.
Mi Valoración Peedonal: correcta, con muy buen envoltorio y una Carmen Maura gigantesca, pero con una historia que se queda corta para tanto metraje.