
‘Si pudiera, te daría una patada’: Rose Byrne contra el mundo, contra su hija, contra sí misma y contra tu estabilidad mental.
Si pudiera, te daría una patada, si título original es If I Had Legs I’d Kick You, dirigida y escrita por Mary Bronstein.
Y, puede que sea una de esas películas que uno mira en la programación de Sitges y piensa: “vale, pero ¿esto exactamente qué hace aquí?”. Porque de fantástico, lo que se dice fantástico, no anda sobrada. No hay monstruos, ni maldiciones, ni casas encantadas, ni señores con máscara esperando detrás de la puerta.
Pero luego la ves y piensas: bendito sea Sitges por meter estas cosas raras en la programación.
La película pasa por la Sección Oficial Fantàstic Competició de Sitges 2025, con Rose Byrne, Conan O’Brien y Danielle Macdonald en el reparto, fotografía de Matthew Atwood y una duración de 113 minutos.
La sinopsis oficial presenta a Linda, una mujer completamente desbordada por la misteriosa enfermedad de su hija, la ausencia de su marido, una casa imposible de habitar, una desaparición y una relación cada vez más hostil con su terapeuta.
Vamos, un martes normal de ansiedad extrema, pero producido por la grandiosa A24 y con la cámara pegada a la nuca.
Rose Byrne está sublime. No “muy bien”. No “notable”. No “cumple”. No. Está en otro planeta.
Se come la pantalla, la mastica, la escupe y luego te mira con cara de “¿tú también quieres algo?”.
Su interpretación ganó el Oso de Plata a Mejor Interpretación
Porque Si pudiera, te daría una patada es Rose Byrne.
Ella lleva el peso de cada escena, de cada crisis, de cada plano incómodo, de cada llamada, de cada mirada perdida, de cada momento en el que Linda parece estar a punto de romperse o de romperle algo a alguien.
La película está construida casi como una olla exprés con piernas, y Byrne es la presión acumulada.
La cámara ayuda muchísimo a esa sensación. Bronstein explicó que los primeros planos extremos buscaban generar claustrofobia y colocar al espectador casi dentro de la cabeza de Linda, sin escapatoria posible.
Y vaya si lo consigue. Los encuadres son asfixiantes, pegajosos, desagradablemente íntimos. No estás mirando a una mujer en crisis desde una distancia segura: estás atrapado con ella, en su respiración, en su piel, en su cansancio, en su mala leche.
La película funciona como una abstracción psicológica de esos momentos de la vida en los que todo se te viene encima a la vez. La maternidad, la enfermedad, la culpa, el trabajo, la soledad, la falta de ayuda, la burocracia emocional, la sensación de estar fallando como madre, como pareja, como profesional y como ser humano.
Todo cae sobre Linda como una lluvia de objetos punzantes.
Y lo fascinante es que la película no busca hacerla adorable. Linda no es una santa incomprendida. Es humana. Y por eso mismo puede ser agotadora, injusta, egoísta, cruel, torpe, desesperada y profundamente reconocible.
Entras compadeciéndola y, a los diez minutos, quieres abrazarla y darle una colleja a partes iguales. Es una protagonista incómoda porque no está escrita para gustarte, sino para que entiendas hasta qué punto alguien puede empezar a perderse cuando nadie sostiene nada a su alrededor.
Ahí está una de las grandes virtudes del guion de Bronstein: no convierte la maternidad en postal ni en martirio noble. La trata como una experiencia física, mental y emocionalmente demoledora cuando se combina con la enfermedad, el abandono y el aislamiento.
Reuters recogía que Byrne se sintió atraída por la película precisamente porque mostraba una perspectiva poco examinada de la maternidad, con su horror y su belleza, y que Bronstein partía de una experiencia emocionalmente verdadera ligada al cuidado de una hija enferma.
Y luego está la niña. O, mejor dicho, la ausencia visual de la niña.
La decisión de no mostrarla claramente durante buena parte del metraje es arriesgadísima y muy inteligente. La hija está en todas partes, pero no como personaje visible, sino como carga, como sonido, como obligación, como amor, como rabia, como miedo, como responsabilidad imposible.
No verla hace que la película se centre completamente en Linda, en su percepción deformada, en su agotamiento y en esa
incapacidad para mirar de frente lo que realmente importa.
Y cuando por fin se produce ese movimiento final, cuando Linda parece haber resuelto algo o al menos tomado una decisión, el gesto tiene mucho peso.
No porque la película se vuelva sentimental de golpe, sino porque te obliga a recolocar todo lo que has visto. Linda puede estar destrozada, sí. Puede estar sola, sí. Puede estar superada, también. Pero eso no borra que muchas veces actúe como una auténtica cabrona egoísta. Y ahí duele más, porque la película no te deja elegir una lectura cómoda.
No es casual que el film genere esa sensación de “esto no es terror, pero me está agobiando más que muchas películas de terror”. Porque su monstruo es la saturación. La imposibilidad de parar. El móvil sonando. El terapeuta que no ayuda. La habitación de hotel. La enfermedad de la hija. La casa rota. El marido ausente. La gente que mira pero no sostiene. La vida convertida en una lista interminable de emergencias.
En ese sentido, aunque no sea fantástico en sentido estricto, encaja en Sitges por pura agresión emocional. Es una película de ansiedad, de colapso, de maternidad como campo de minas. Si The Babadook convertía el duelo y la maternidad en monstruo literal, Si pudiera, te daría una patada ni siquiera necesita criatura: le basta con dejarte dentro de la cabeza de Linda durante casi dos horas.
Las interpretaciones secundarias también están muy bien, especialmente porque orbitan alrededor de Linda sin quitarle el centro. Conan O’Brien, Danielle Macdonald y el resto del reparto funcionan como presencias que aumentan el ruido mental de la protagonista, ya sea desde la incomodidad, la fricción o la incapacidad de ayudar.
Pero esta película pertenece a Byrne de principio a fin.
Esta película moverá carteleras, o debería hacerlo, porque interpretaciones así no se ven todos los días. Hay papeles que parecen escritos para lucimiento, y luego hay papeles que parecen diseñados para destruir a quien los interpreta. Byrne sale de aquí con una de esas actuaciones que marcan temporada: feroz, agotada, antipática, vulnerable y absolutamente magnética.
Si pudiera, te daría una patada es una maravilla incómoda, desesperante y brutalmente humana. Puede que uno siga sin tener clarísimo qué hace dentro de un festival de fantástico, pero se agradece muchísimo que esté. Porque el terror no siempre viene de lo sobrenatural. A veces viene de una madre al límite, una hija enferma, una casa que se cae a pedazos y una mujer incapaz de respirar sin que el mundo le pida algo más.
Demoledora. Una película asfixiante, humana y feroz, sostenida por una Rose Byrne monumental. No es fantástica, pero sí terrorífica en lo emocional. Y cuando una interpretación te deja así de noqueado, lo de menos es la etiqueta.