
‘Fucktoys’: neón, maldiciones, kitsch y una protagonista que entra como un tornado con purpurina
Hay películas que no sabes muy bien de dónde han salido, pero agradeces que existan. Fucktoys, escrita, dirigida y protagonizada por Annapurna Sriram, es una de ellas.
Una rareza colorida, gamberra, excesiva, kitsch y bastante inclasificable que pasa por Sitges 2025 dentro de la sección Noves Visions, con Annapurna Sriram, Sadie Scott y François Arnaud en el reparto principal.
La premisa ya avisa de que aquí no estamos ante una película normalita: una joven llamada AP descubre que está maldita y que, para romper la maldición, necesita conseguir 1.000 dólares. A partir de ahí, se lanza en una especie de odisea absurda, sucia, mística y pop por Trashtown, un universo alternativo lleno de personajes rarísimos, encuentros delirantes y situaciones que parecen sacadas de un sueño febril entre John Waters, Gregg Araki y un mercadillo de madrugada.
Y sí, para mí fue toda una sorpresa.
Fucktoys impacta por no parecerse demasiado a lo que uno está acostumbrado a ver. Desde el primer momento, la película te lanza a la cara su estética y te dice: “esto va a ser así, tú verás si te subes”. Todo es colorido, llamativo, hortera en el mejor sentido, excesivo, pegajoso, casi fosforescente. Una fantasía trash con alma de cómic underground, perfume barato, tarot, deseo, precariedad y mucho descaro.
La fotografía de Cory Fraiman-Lott es fundamental para que ese universo funcione. No estamos ante una película bonita en el sentido pulcro de la palabra, sino ante algo mucho más interesante: una película visualmente desatada, llena de colores saturados, texturas raras y composiciones que parecen decir “el buen gusto está sobrevalorado”.
Y menos mal. Porque cuando Fucktoys abraza su lado kitsch, es cuando más personalidad tiene.
Hay algo muy valioso en que la película no pida permiso.
Es vulgar, es juguetona, es caótica, es sexual, es punk, es camp, es pop y es una mezcla de muchas cosas que podrían salir fatal. Pero precisamente ahí está su gracia: no intenta ser elegante, intenta ser única. Y muchas veces lo consigue.
Annapurna Sriram, además, no se limita a dirigir desde detrás de la cámara: se planta en el centro del huracán como protagonista. Y sí, se hace un poco de bombo y platillo. Pero también hay que decir que se lo gana.
La película es su criatura, su escaparate, su manifiesto y su fiesta privada abierta al público. No es casualidad que en SXSW 2025 recibiera el Special Jury Award for a Multi-Hyphenate, precisamente reconociendo ese trabajo múltiple como directora, guionista y actriz.
Como AP, Sriram sabe navegar muy bien entre registros que no siempre son fáciles de sostener: la comedia absurda, el drama sucio, el cuento mágico, la road movie de barrio chungo, la fantasía sexual y la sátira social. Su personaje podría haberse quedado en una simple figura extravagante, pero tiene algo más. Hay vulnerabilidad debajo del maquillaje. Hay cansancio debajo del neón. Hay una chica intentando sobrevivir en un mundo que convierte todo —el cuerpo, el deseo, el dinero, el afecto— en transacción.
Y ahí la película encuentra una lectura más interesante de lo que parece. Fucktoys no es solo “mira qué loca esta película”.
Bajo su estética de feria pasada de vueltas, habla de explotación, clase, intimidad y supervivencia en un mundo donde todo tiene precio.
Pero lo mejor son sus personajes. Todos parecen venir de su propia película. Entran, ocupan la pantalla, dejan una frase, una pose, una energía o una incomodidad, y se van dejando rastro. Algunos los amas al instante. Otros los odias con bastante gusto. Y otros no sabes si abrazarlos, bloquearlos o pedirles que te lean las cartas. Esa galería de criaturas es parte esencial del encanto del film.
También hay que decir que Fucktoys no será para todo el mundo. Ni lo pretende. Su tono puede resultar demasiado cargado, su humor demasiado raro y su estética demasiado estridente para quien necesite una película más ordenada. Pero si entras en su juego, tiene algo hipnótico. Es de esas propuestas que funcionan más por acumulación de energía que por limpieza narrativa. No va en línea recta: va en patinete trucado, haciendo eses, con música alta y una maldición en el bolso.
La película conecta con una tradición muy concreta del cine de culto: el trash con corazón, el camp como forma de resistencia, el viaje nocturno por los márgenes, la protagonista que atraviesa un mundo hostil sin perder del todo su brillo.
Hay ecos de John Waters, de Gregg Araki, de cierto Jim Jarmusch nocturno y de esa contracultura cinematográfica donde lo sucio, lo raro y lo exagerado no son defectos, sino declaración de principios.
Fucktoys es una sorpresa de las buenas. Una película que impacta por su estética, por su desparpajo, por su protagonista y por esa capacidad de crear un mundo propio con colores chillones, personajes imposibles y una trama que parece avanzar a base de mala suerte, deseo y gasolina barata.
No es perfecta, pero tiene algo mucho más importante en este tipo de cine: personalidad a chorros. Y eso, en un festival donde a veces ves películas muy correctas pero intercambiables, vale oro.