
Rainy, hija del experto en artes marciales Wang Wei, es secuestrada por una red de tráfico de menores. En un frenético intento de recuperarla, el padre se lanza a la guerra, enfrentándose a numerosos obstáculos mientras lucha contra criminales y policías corruptos. En el camino conoce a Navin, un periodista en busca de su esposa desaparecida. Ambos despliegan sus habilidades de combate mientras aprenden las virtudes de la confianza mutua.
‘The Furious’: hostias como panes, sangre a cubos y un padre que no ha venido a negociar.
De vez en cuando aparece una película en Sitges que no necesita demasiada presentación. Entra, te agarra por la pechera y te dice: “hoy no has venido a pensar mucho, has venido a sufrir cada patada”.
The Furious, dirigida por Kenji Tanigaki, es una barbaridad de acción asiática, violenta, física, sudorosa y pensada para verse acompañado, con público entregado y las palmas preparadas.
La película formó parte de la Sección Oficial Fantàstic a Competició de Sitges 2025.
La historia no inventa la rueda: Rainy, la hija de Wang Wei, experto en artes marciales, es secuestrada por una red de tráfico infantil. A partir de ahí, el padre decide declarar la guerra a todo el que se le ponga delante, incluidos criminales, policías corruptos y cualquier desgraciado que haya elegido el peor día para ponerse chulo. En el camino se cruza con Navin, un periodista que también arrastra su propia búsqueda desesperada.
Y sí, sobre el papel suena a argumento ya visto mil veces: padre coraje, hija secuestrada, viaje de venganza, puños, lágrimas y huesos que crujen.
Pero The Furious convierte cada pelea en un pequeño acontecimiento físico. Es una película que, de vez en cuando, deja respirar al espectador.
Las coreografías de lucha son una auténtica locura. Y que conste que películas de este tipo hemos visto unas cuantas. Aquí no hablamos de acción troceada con montaje epiléptico para esconder carencias, sino de combates construidos con precisión, ritmo y una violencia orgánica.
Tanigaki viene de una trayectoria enorme como coreógrafo y director de acción en el cine de Hong Kong, con trabajos asociados a títulos como S.P.L., Flash Point o Twilight of the Warriors: Walled In, y esa experiencia se nota en cada golpe.
La cámara sabe dónde ponerse, cuándo acercarse y cuándo dejar que el cuerpo haga su trabajo..La patada pesa. El puñetazo duele. La caída parece caída.
No hay esa sensación de videojuego limpito donde los personajes reciben veinte golpes y siguen como si nada; aquí cada impacto va dejando factura. La película está cargada de acción, luchas, violencia y sangre, pero nunca parece acción puesta por rellenar. Cada secuencia intenta subir un escalón más.
Y luego está esa escena. Sí, esa escena del padre hostiando a tres en línea. No conviene destriparla demasiado, porque parte del placer está en descubrirla en sala, pero tiene toda la pinta de convertirse en una de esas set pieces que los fans del cine de acción van a recordar, comentar y rebobinar mentalmente durante bastante tiempo.
Lo bonito de The Furious es que no va de elegante. No intenta disimular que es una película de “voy a cruzar una habitación repartiendo dolor hasta que no quede nadie de pie”. Pero al mismo tiempo, está muy bien filmada. Tiene una energía casi de vieja escuela, de cine de acción hongkonés donde el espectáculo no depende solo de explosiones, sino de cuerpos entrenados haciendo cosas casi imposibles delante de la cámara.
En ese sentido, conecta con esa tradición que va de Jackie Chan y Donnie Yen hasta The Raid, pero con un punto más salvaje, desesperado.
Pero debajo de toda esa ensalada de tortazos hay algo oscuro: el tráfico humano infantil. Y eso le da a la película un trasfondo mucho más aterrador de lo que podría parecer si solo hablamos de patadas voladoras.
Porque The Furious puede ser disfrutona, exagerada y brutal, pero el motor emocional es durísimo. No estamos ante una venganza cool porque sí.
Por eso incluso quien no sea amante absoluto del cine de artes marciales debería darle una oportunidad. Porque más allá del espectáculo físico, la película funciona como una pesadilla de pérdida, impotencia y rabia. Su historia es sencilla, casi primaria, pero por eso entra tan directa: han secuestrado a una niña y su padre va a quemar el mundo para recuperarla.
El reparto acompaña muy bien esa energía. Xie Miao y Joe Taslim sostienen la parte física con una solvencia brutal, y la presencia de nombres vinculados al cine de acción asiático contemporáneo refuerza esa sensación de estar ante una especie de reunión de especialistas dispuestos a dejarse la piel.
¿Tiene defectos? Claro. La historia es directa como una patada en el pecho y no profundiza demasiado en sus personajes. Pero sería injusto pedirle que sea otra cosa.
Su misión es otra: hacer que el espectador apriete los dientes, se eche hacia atrás en la butaca y aplauda cada pequeña victoria como si estuviera viendo una final deportiva.
The Furious es una de esas películas que justifican la experiencia festivalera. Una sala llena, una pelea imposible, un villano que merece cada golpe y el público celebrando cada vez que el padre avanza un metro más hacia su hija.
Cine de acción puro, musculoso, cafre y tremendamente disfrutable.
Si te gusta este tipo de cine, vas a disfrutar muchísimo.
Y si no es lo tuyo, quizá también, porque cuando una película reparte así de bien, hasta el más escéptico acaba levantando las manos.