
‘We Bury the Dead‘ es una película de zombis, duelo y una Daisy Ridley que intenta levantar una película demasiado típica.
El cine de zombis tiene un problema y es que ya lo hemos visto casi todo.
Hemos visto zombis lentos, zombis rápidos, zombis listos, zombis tontos, zombis sociales, zombis políticos, zombis familiares, zombis con metáfora y zombis que solo querían morder un buen brazo.
Y cuando llega We Bury the Dead, de Zak Hilditch, la pregunta no es tanto “¿hay muertos vivientes?”, sino “¿qué vas a hacer con ellos para que me importe?”.
La película se presentó en Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, con Daisy Ridley como protagonista, acompañada por Brenton Thwaites. Hilditch firma también el guion, con fotografía de Steve Annis, y Sitges la define como un thriller postapocalíptico ambientado en Tasmania tras un experimento militar catastrófico.
La historia sigue a Ava, una mujer cuyo marido desaparece después de una catástrofe que ha arrasado gran parte de la población. Con la esperanza de encontrarlo con vida, se une a una unidad de recuperación de cuerpos.
Pero claro, esto es cine de género, y cuando empiezas a enterrar cadáveres en una película de zombis, lo normal es que alguno decida no colaborar demasiado.
Y ahí estamos otra vez: presente apocalíptico, muertos que se levantan, humanidad intentando sobrevivir y, cómo no, el clásico recordatorio de que el ser humano suele ser bastante peor que el monstruo. No falla. El zombi muerde porque es zombi. El humano traiciona, manipula, abandona o convierte el desastre en una oportunidad de poder.
En eso, We Bury the Dead no se sale demasiado del carril.
La película está rodada con gusto y con estilo cinematográfico.
No parece un producto barato lanzado al montón del streaming zombi. Hay una intención visual, un tono serio, una atmósfera cuidada y un trabajo de fotografía notable.
Steve Annis consigue darle al paisaje devastado una presencia muy interesante: no estamos ante un apocalipsis de parque temático, sino ante un mundo triste, gris, contaminado por la pérdida.
Pero el problema la fotografía no lo compensa todo.
Aquí es donde la película empieza a tambalearse. Porque el envoltorio está bien, pero el guion carece de la fuerza suficiente como para que la propuesta sea realmente efectiva. Quiere ser drama de duelo, survival postapocalíptico, thriller militar, película de zombis y reflexión sobre la humanidad en crisis.
Y aunque todas esas piezas podrían funcionar juntas, aquí no terminan de encajar con la contundencia que deberían.
Daisy Ridley está bien, es uno de los elementos que más sostiene la película. Su Ava tiene cansancio, dolor, determinación y esa mirada de persona que ya ha perdido demasiado como para aceptar otra mala noticia.
La película necesita que creamos en su viaje emocional, y Ridley lo defiende con solvencia. Pero incluso una protagonista sólida necesita una historia que la empuje de verdad, y ahí We Bury the Dead se queda corta.
Porque la sensación general es que es correcta pero típica.
Y en un género tan sobreexplotado como el zombi, ser típica es casi una sentencia. No basta con que los muertos vuelvan a levantarse. No basta con que el mundo esté roto. No basta con que haya una protagonista buscando a alguien querido entre cadáveres y ruinas.
Hace falta una mirada más afilada, una idea más potente, algo que haga que la película no se diluya entre tantas otras del género zombie.
Zak Hilditch ya había demostrado interés por el fin del mundo y el horror emocional en These Final Hours y por el terror de culpa y degradación moral en 1922, adaptación de Stephen King.
Sitges lo presenta como un cineasta australiano especializado en género: sabe crear ambiente, sabe tomarse en serio el material y sabe que el apocalipsis funciona mejor cuando duele por dentro.
Pero en We Bury the Dead falta mordida.
El problema es que tampoco termina de ser devastadora como drama ni especialmente memorable como película de terror.
Se queda en una zona intermedia: digna, seria, bien acabada… pero poco vibrante.
Hay ideas interesantes, sobre todo en esa mezcla entre duelo y reanimación. Enterrar a los muertos debería ser un cierre, un ritual de despedida, una forma de aceptar la pérdida. Pero ¿qué ocurre cuando los cuerpos vuelven? ¿Qué pasa cuando el duelo se interrumpe físicamente?
Ahí había una veta emocional muy poderosa. El problema es que la película no la explota con la profundidad suficiente, pero no la convierte en algo realmente inolvidable.
Y cuando el film intenta recordarnos que “el verdadero monstruo es el ser humano”, tampoco sorprende demasiado. Es una idea clásica del cine de zombis desde hace décadas, y aquí vuelve a aparecer con eficacia limitada.
Funciona, porque sigue siendo verdad dentro del género, pero no aporta una lectura especialmente nueva.
Es como escuchar una canción que conoces bien tocada con buenos instrumentos, pero sin una versión que te haga levantar la cabeza.
We Bury the Dead es una película de zombis bien presentada, con una Daisy Ridley solvente y una fotografía notable, pero con un guion demasiado flojo para destacar.
Tiene empaque, tiene atmósfera y tiene una premisa con potencial, pero acaba quedándose en una cinta mediocre dentro de un subgénero que necesita algo más que buenas maneras para sobrevivir.
No es un desastre. No es aburrida, pero tampoco deja huella. Y cuando sales de una película de zombis pensando “bueno, otra más”, quizá el problema no es que los muertos caminen… sino que la historia nunca termina de levantarse del todo.