Hay películas que no te asustan con un susto, sino porque reconoces demasiado bien lo que están contando. Esa cosa con alas, título español de The Thing with Feathers, dirigida por Dylan Southern y protagonizada por Benedict Cumberbatch, es una de esas películas que empiezan pareciendo una historia de terror y acaban convirtiéndose en algo bastante más devastador: una película sobre el duelo, la depresión, la paternidad rota y esa sensación horrible de tener que seguir funcionando cuando tú ya no funcionas.

La película se presentó en Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, con 98 minutos de duración, fotografía de Ben Fordesman y un reparto encabezado por Benedict Cumberbatch, Richard Boxall y Henry Boxall.

Un padre que, tras la muerte inesperada de su mujer, empieza a perder el contacto con la realidad mientras una presencia aparentemente malévola lo acecha desde los rincones oscuros del piso que comparte con sus dos hijos.

Pequeño apunte literario: aunque el cuervo nos lleve mentalmente a Edgar Allan Poe —normal, todos hemos oído graznar “nunca más” en alguna parte de nuestra memoria cinéfila—, la película adapta en realidad la novela Grief Is the Thing with Feathers, de Max Porter. El título, además, dialoga con el poema de Emily Dickinson “Hope is the Thing with Feathers”, cambiando la esperanza por el duelo.

Y tiene sentido, porque aquí el duelo no es una idea bonita ni una fase ordenada de manual psicológico. Aquí el duelo entra en casa, se instala en el pasillo, ensucia la cocina, se sienta encima del pecho y te mira con forma de cuervo gigante.

Esa cosa con alas usa el terror como puerta de entrada, pero poco a poco vas entendiendo que el monstruo no es exactamente el monstruo. El monstruo es la ausencia. El monstruo es levantarse por la mañana. El monstruo es preparar el desayuno a dos niños cuando tú solo quieres desaparecer.

Al principio, Southern juega con códigos muy reconocibles del cine de terror: sombras, ruidos, presencias en los rincones, una casa que parece demasiado cerrada sobre sí misma. Pero la película no tarda en desplazarse hacia otro lugar. Lo que parecía una historia sobrenatural empieza a revelarse como una radiografía emocional de un hombre completamente desbordado. Un padre que ha perdido a su mujer y que no tiene el lujo de derrumbarse del todo, porque hay dos niños mirándolo con los mismos ojos rotos.

Y ahí la película golpea fuerte. Porque no va solo de perder a alguien. Va de tener que gestionar tu pérdida mientras acompañas la pérdida de otros. Va de la desesperación de no saber cómo hablar con tus hijos, cómo abrazarlos, cómo explicarles algo que ni siquiera tú puedes entender. Va de verlos tan perdidos, tan apenados y tan deshechos como tú, y aun así tener que ser el adulto de la habitación. Menuda broma macabra.

Benedict Cumberbatch está tremendo. No hay otra forma de decirlo. Carga con todo el peso de la película y lo hace con la cabeza bien alta, pero también con el cuerpo hundido, con los ojos vaciados y con esa energía de alguien que lleva días, meses o años respirando mal; Cumberbatch no interpreta el duelo como una gran explosión dramática, sino como una erosión constante.

Su trabajo conecta con esa tradición de actores que convierten el dolor en algo físico: no solo tristeza, sino torpeza, rabia, cansancio, suciedad, contradicción. Hay momentos en los que parece estar peleando contra el cuervo, pero en realidad está peleando contra sí mismo. Contra la culpa. Contra la memoria. Contra la obligación de seguir siendo padre cuando se siente incapaz de ser persona.

La fotografía de Ben Fordesman es impactante. La casa no parece un hogar, sino una caja de resonancia del trauma. Los espacios se cierran, las sombras pesan, los rincones parecen guardar algo que no queremos ver. Pero lo más inteligente es que la película no usa lo oscuro solo para dar miedo: lo usa para hablar de la depresión, de esa forma en la que todo se vuelve más pequeño, más opresivo, más difícil de atravesar.

Y el guion te deja hecho polvo. No porque esté buscando la lágrima fácil cada cinco minutos, sino porque entiende que el duelo es absurdo, feo, repetitivo, agresivo y a veces incluso ridículo.

Hay dolor, pero también hay caos doméstico. Hay terror, pero también hay platos, ropa, colegio, silencios incómodos y niños que necesitan cenar.

Ese choque entre lo monstruoso y lo cotidiano es lo que hace que la película duela tanto.

Pero es que los niños… madre mía, los niños.

Richard Boxall y Henry Boxall están impresionantes. Y sí, aquí se puede decir eso tan manido de “no parece actuación”, porque realmente hay momentos en los que uno siente que está viendo algo demasiado íntimo, demasiado real. Sus miradas, sus silencios, esa forma de no entender del todo pero entenderlo todo a la vez… es demoledor. En una película tan centrada en el padre, ellos son el verdadero espejo emocional. Si Cumberbatch es el derrumbe, ellos son las grietas.

La película puede recordar, por su manera de mezclar trauma familiar y presencia monstruosa, a títulos como The Babadook, donde el horror también funcionaba como materialización del duelo y la maternidad/paternidad desbordada.

También hay ecos de Don’t Look Now, por esa idea de la pérdida como fantasma que reorganiza toda la realidad, y de cierto terror británico íntimo donde lo sobrenatural no viene a explicar el dolor, sino a darle cuerpo. Pero Esa cosa con alas tiene su propia identidad: es más literaria, más quebrada, más de herida abierta que de mecanismo de género.

Lo interesante es que el film no abandona del todo el terror. No se limita a decir “tranquilos, era una metáfora”. El cuervo está ahí, con una presencia incómoda, a ratos agresiva, a ratos casi terapéutica, como si el duelo necesitara convertirse en algo monstruoso para poder ser mirado de frente. El dolor no se supera porque sí. A veces hay que convivir con él, insultarlo, odiarlo, dejar que grite, dejar que ocupe la casa hasta que poco a poco deje de devorarlo todo.

Y por eso entiendo perfectamente lo de la sala. Media sala saliendo llorando y sin poder mediar palabra y no, no es exageración festivalera. Hay películas que se comentan al salir. Esta parece de las que primero se respiran. Luego ya, cuando el cuerpo permita hablar, quizá uno intente poner orden en lo que acaba de ver.

Esa cosa con alas es una película durísima, bellísima y emocionalmente devastadora. Empieza con la promesa de una historia de terror y acaba siendo un retrato brutal del duelo, de la paternidad y de la depresión. Benedict Cumberbatch está enorme, la fotografía envuelve la casa en una oscuridad casi física y los niños aportan una verdad que rompe.

No es una película para “pasar un buen rato”. Es una película para dejarse atravesar. Para salir tocado. Para recordar que a veces el monstruo no viene de fuera, sino de una silla vacía en la mesa.