
Alpha, de 13 años, es una adolescente con problemas que vive sola con su madre. Su mundo se derrumba el día que llega a casa de la escuela con un tatuaje en el brazo.
Con Alpha, Julia Ducournau vuelve a hacer eso que tan bien se le da: coger el cuerpo humano, abrirlo en canal —a veces literalmente— y preguntarnos por qué nos da tanto miedo mirar dentro.
La directora de Crudo y Titane, ganadora de la Palma de Oro por esta última, presentó aquí una de sus obras más ambiciosas, íntimas y difíciles de clasificar. La película inauguró la 58ª edición de Sitges 2025 y venía de competir en Cannes, así que la expectación estaba servida.
La premisa arranca con una imagen sencilla pero potentísima: Alpha, una chica de 13 años que vive con su madre, vuelve a casa con una “A” tatuada en el brazo, y ese gesto aparentemente adolescente desata el pánico. A partir de ahí, Ducournau levanta una historia de enfermedad, estigma, familia, deseo, miedo y transformación corporal.
Sitges la define como una película que usa el horror físico y metafórico para hablar de la necesidad de amar y ser amado, con Mélissa Boros, Golshifteh Farahani y Tahar Rahim al frente del reparto.
Es una apuesta arriesgada. Mucho. Alpha no es una película cómoda
Habla de una época atravesada por el miedo al contagio, por el silencio, por la vergüenza social y por una enfermedad ficticia que remite de forma clarísima al SIDA y al trauma colectivo de los años 80 y 90.
Pero mejor ir por partes, porque esta película pide bisturí, no motosierra.
Lo primero: la fotografía es impresionante. El trabajo de Ruben Impens no se limita a poner bonita la desgracia —que ya sería bastante peligroso en una película así—, sino que construye una textura visual que incomoda, enferma y fascina. Hay imágenes que parecen respirar mal. La piel, la luz, los cuerpos deteriorados, los hospitales, los espacios familiares convertidos en lugares de sospecha… todo tiene una densidad casi física.
Y aquí Ducournau está finísima. Convierte a los enfermos y a la propia enfermedad en algo cinematográficamente poderoso, sin caer en el golpe bajo. La enfermedad no es solo una amenaza médica: es una marca social, una condena, una forma de aislamiento. La película habla del miedo a lo desconocido, del miedo a tocar, del miedo a desear, del miedo a ser descubierto, del miedo a morir y, casi peor, del miedo a que te miren como si ya estuvieras muerto.
En ese sentido, Alpha conecta de lleno con el cine corporal que Ducournau lleva trabajando desde Crudo: cuerpos que cambian, cuerpos que no encajan, cuerpos que dan miedo porque dicen la verdad. Pero aquí hay menos provocación punk y más melodrama enfermo. Menos “mira qué barbaridad acabo de hacer” y más “mira cómo esta familia intenta seguir respirando mientras todo alrededor se pudre”. Incluso hay un eco interesante de Mala sangre de Leos Carax, otra película donde la enfermedad y el deseo iban de la mano.
Mélissa Boros sostiene la confusión, la rabia y la vulnerabilidad de Alpha con una presencia muy potente. Golshifteh Farahani está magnífica como esa madre que vive entre la protección, el agotamiento y el terror. Y Tahar Rahim, irreconocible, aporta una fragilidad física tremenda; Cannes destacó incluso su transformación corporal para el papel de Amin.
El reparto transmite constantemente esa tensión de estar viviendo en un mundo donde cualquier gesto puede ser sospechoso y cualquier cuerpo puede convertirse en amenaza.
Y llega el problema, hacia el final. Y duele decirlo, porque durante buena parte del metraje Alpha parece estar construyendo algo muy grande, muy incómodo y muy necesario. Pero cuando se acerca a su desenlace, da la sensación de que Ducournau empieza a desdibujar parte de lo que había contado hasta entonces. No es que no se entienda lo que quiere decir. El problema es que, emocional y narrativamente, no termina de encajar con el viaje que nos ha hecho recorrer.
Ese final busca elevar la película hacia algo más simbólico, más trascendente, más de “cerramos el trauma desde una imagen poderosa”. Pero a ratos parece que la propia película se escapa de sus manos. Como si hubiera estado hablando con una claridad brutal sobre cuerpos, enfermedad, deseo y miedo, y de pronto decidiera envolverse en una nube de significado donde todo queda más bonito, más solemne… pero también menos contundente.
Y es una pena, porque tiene momentos de una fuerza tremenda. Hay ideas que atraviesan. Hay una sensibilidad muy poderosa a la hora de tratar un tema complicadísimo sin convertirlo en simple explotación del dolor. Ducournau no hace una película “sobre el SIDA” en sentido literal, sino una pesadilla alegórica sobre el contagio, la culpa, el rechazo y la necesidad desesperada de afecto en tiempos donde amar también podía parecer peligroso.
Quizá por eso Alpha no va a conectar con todo el mundo.
Es larga, densa, incómoda y exigente. Además, su tramo final puede dejar a más de uno con cara de “vale, Julia, te estaba siguiendo, pero aquí me has soltado la mano en mitad del bosque”. Pero incluso con ese tropiezo, el viaje merece mucho la pena.
Alpha es una película imperfecta, pero fascinante. Una obra que incomoda con inteligencia, que usa el terror corporal para hablar de heridas sociales muy reales y que confirma a Julia Ducournau como una cineasta incapaz de hacer algo tibio, normalito o de piloto automático.
Puede perderse al final, sí, pero antes de eso te arrastra por uno de los viajes más intensos y visualmente potentes del fantástico reciente.
Mi Valoración Personal: ambiciosa, arriesgada y visualmente brutal. No redondea el golpe final, pero lo que plantea por el camino es tan potente que cuesta no admirarla.