‘Feels Like Home’: hogar, dulce hogar… salvo que tu familia sea disfuncional y distópica.

Feels Like Home no está dirigida por por Gábor Holtai. Su título original es Itt érzem magam otthon, es una producción húngara de 2025, dura 125 minutos y pasa por Sitges 2025 dentro de Noves Visions.

Y menudo mal rato.

Feels Like Home es una de esas películas que no te agarran del cuello desde el primer minuto, sino que van cerrando la habitación poco a poco.

Al principio no entiendes bien qué está pasando. Solo sabes que algo va fatal, que la protagonista está atrapada en una situación absurda, turbia y profundamente incómoda, y que tú, como espectador, estás igual que ella: desorientado, encerrado y con unas ganas tremendas de que alguien abra una ventana.

La premisa es sencilla, pero muy potente: Rita, una mujer corriente y solitaria, es secuestrada por una familia que asegura que en realidad se llama Szilvi y que es la hija perdida del clan. Para sobrevivir, Rita tendrá que seguirles el juego y fingir ser esa persona que ellos dicen que es. Pero cuanto más se mete en el papel, más entiende que esa casa no funciona como una casa, sino como un sistema de poder enfermo.

Y ahí es donde la película se vuelve muy interesante. Feels Like Home no es solo un thriller de secuestro, ni una historia de familia chalada, ni un “a ver cómo sale esta pobre mujer de aquí”. Es una metáfora retorcida sobre el poder: sobre quién controla los bienes, los servicios, los espacios, las normas y, en última instancia, la identidad de los demás.

La casa es el mundo. Y el mundo pertenece a ellos.

La película construye una atmósfera claustrofóbica de forma magnífica. No hace falta que haya cadenas en cada plano ni puertas cerradas con candado para sentir el encierro. Basta con ver cómo se organiza esa familia distópica y disfuncional, cómo reparten permisos, castigos, afectos, objetos, habitaciones y pequeñas recompensas.

Todo funciona como una miniatura grotesca de una sociedad autoritaria: si obedeces, comes; si interpretas bien tu papel, quizá consigas algo; si dudas, el sistema te aplasta.

No es extraño que la obra de Holtai haya sido descrita desde Sitges como un cine que mezcla humor negro, crítica social, poder y opresión mediante narrativas surrealistas y psicológicamente tensas.

Porque hay algo casi cómico en lo absurdo de la situación, pero la risa se corta rápido. Es una comedia negrísima con las paredes llenas de humedad moral.

La comparación con Canino, de Yorgos Lanthimos, tiene todo el sentido. No porque Feels Like Home copie su fórmula, sino porque comparte esa idea de la familia como laboratorio de control.

En ambas, el hogar deja de ser refugio y se convierte en prisión ideológica.

La diferencia es que Lanthimos trabajaba desde una frialdad más quirúrgica, casi entomológica, mientras que Holtai parece más interesado en el ahogo psicológico, en la tensión constante y en esa sensación de que el sistema no termina en la puerta de casa.

De hecho, cuando la protagonista empieza a comprender de verdad dónde está metida, la película cambia.

Al principio sufres porque no entiendes. Luego sufres porque lo entiendes.

Y ahí ocurre algo muy potente: pasas de querer que Rita sobreviva a querer que ejecute su plan. Que se adapte, que manipule, que encuentre una grieta, que use las reglas de esa familia contra ellos. La película consigue que el espectador cambie de posición junto a ella, y eso es muy buen síntoma.

Visualmente, Feels Like Home es una maravilla.

Tiene una puesta en escena muy trabajada, con un uso del espacio doméstico que va cargando cada habitación de amenaza. La casa no parece grande o pequeña: parece inevitable. Todo está organizado para transmitir control. Las puertas, los pasillos, los objetos, las zonas comunes, los rincones donde se observa o se escucha… nada está ahí porque sí.

La fotografía de Dániel Szöke acompaña muy bien esa idea de hogar podrido por dentro. No busca embellecer el encierro, sino hacerlo respirable y venenoso a la vez.

Hay algo cotidiano en la imagen que la vuelve más inquietante. No estamos en una mansión gótica ni en una mazmorra. Estamos en un lugar que podría parecer normal si no fuera porque todo lo que ocurre dentro está completamente desquiciado.

Las interpretaciones son muy efectivas. Rozi Lovas, Áron Molnár y Dorka Gryllus forman parte del reparto principal, y el conjunto funciona porque todos entienden el tono exacto de la película: ni histeria desatada ni naturalismo plano, sino esa incomodidad rarísima de gente que vive dentro de una mentira y la defiende como si fuera ley divina.

La protagonista sostiene muy bien la confusión inicial, el miedo, la adaptación forzada y esa transformación progresiva de víctima a jugadora dentro de un tablero trucado.

Y lo mejor es que el guion no deja flecos sueltos. No porque lo explique todo, sino porque sus reglas internas están claras.

La película entiende cómo funciona su pequeño universo de poder y lo desarrolla con precisión.

Cada nueva norma, cada nuevo gesto de sumisión, cada pequeña concesión o castigo ayuda a construir esa lectura social sin convertir la película en un panfleto.

De hecho, Feels Like Home ha sido leída en Hungría como una alegoría política sobre sociedades sometidas a estructuras autoritarias, aunque Holtai ha matizado que esa no era necesariamente su intención inicial.

Pero más allá de la lectura política concreta, la película funciona porque habla de algo muy universal: el miedo a que quienes controlan tu casa controlen también tu realidad. Si alguien decide quién eres, qué puedes pedir, cuándo puedes comer, qué puedes recordar y qué papel debes interpretar para seguir vivo, entonces la cárcel ya no necesita barrotes. Le basta con llamarse familia.

Feels Like Home es un film turbio, incómodo y muy bien construido, una rareza claustrofóbica que convierte el hogar en un sistema de dominación.

Tiene una puesta en escena fantástica, un imaginario opresivo, interpretaciones muy afinadas y una dirección que sabe exactamente cuándo confundir al espectador y cuándo dejarle entender el horror completo.

No es una película amable. No es de las que se ven con el cerebro en modo sofá. Es de las que te meten en una casa rara, cierran la puerta y te dicen: “bienvenido a la familia”. Y tú, claro, empiezas a buscar la salida.