
Hay películas de terror con monstruos, posesiones, casas encantadas y señores con máscara.
Y luego está The Plague, de Charlie Polinger, que viene a recordarnos algo bastante incómodo: pocas cosas dan más miedo que un grupo de niños organizándose para machacar al diferente.
La película se presentó en Sitges 2025 dentro de la Sección Oficial Fantàstic Competició, como premiere española, con 95 minutos de duración. Supone el debut en largo de Charlie Polinger, que firma también el guion, y cuenta con Joel Edgerton, Everett Blunck y Kayo Martin en el reparto principal.
La fotografía corre a cargo de Steven Breckon.
La historia nos sitúa en un campamento de waterpolo, ese maravilloso ecosistema donde los niños deberían hacer deporte, aprender compañerismo y volver a casa con una mochila llena de ropa mojada.
Pero no.
Aquí el campamento funciona como una jungla social en miniatura, con jerarquías, rituales crueles, líderes tóxicos y víctimas elegidas. Ben, un chico con ansiedad social, intenta encajar en el grupo mientras otro niño, marginado por una enfermedad en la piel, se convierte en el blanco de las burlas.
Y ahí es donde The Plague se vuelve devastadora.
Porque la película no trata el bullying como un simple conflicto escolar de “niños siendo niños”.
Lo muestra como lo que muchas veces es: una forma de violencia organizada, aceptada, repetida y casi ritualizada. Una peste social. Un mecanismo donde todos saben quién manda, quién obedece, quién ríe, quién calla y quién va a recibir el golpe emocional del día.
Lo más potente es que las interpretaciones de los niños son tan reales, incómodas y bien dirigidas, que por momentos cuesta recordar que estás viendo ficción. Hay una naturalidad brutal en cómo hablan, cómo se retan, cómo se insultan, cómo se miden.
El trabajo del reparto infantil es tan fuerte que Sitges acabó otorgando el premio a Mejor Actor a todo el elenco de The Plague, una decisión lógica cuando ves el nivel de precisión y crueldad que manejan en pantalla.
Y sí, hay un niño en concreto que consigue algo peligrosísimo: que lo odies. Pero no en plan villano de cómic, sino de una forma mucho más desagradable, porque todos hemos conocido a alguien así. Ese niño que no necesita ser grande ni fuerte para dominar una habitación. Le basta con detectar la inseguridad ajena y convertirla en espectáculo.
La película trabaja muy bien la metáfora de ser el blanco de las burlas como si estuvieras maldito. Esa “plaga” que supuestamente marca al niño marginado funciona como una enfermedad imaginaria, una poción social, una etiqueta que se pega al cuerpo y que nadie quiere tocar por miedo a contagiarse. Pero lo verdaderamente contagioso no es la piel, ni la rareza, ni la diferencia. Lo contagioso es la crueldad. Lo contagioso es el miedo a quedarse solo. Lo contagioso es reírte del otro para que no se rían de ti.
Y ahí The Plague conecta con una tradición muy potente del cine sobre infancia salvaje y jerarquías crueles. Es imposible no pensar en El señor de las moscas, donde los niños construyen su propio sistema de violencia cuando los adultos desaparecen del centro moral. También hay ecos de Carrie, por esa forma de convertir la humillación pública en horror psicológico, y de cierto cine de instituto donde la adolescencia es un campo de batalla.
No convierte el campamento en una carnicería sobrenatural. No hace falta. El terror está en lo cotidiano: una mirada, una risa, un comentario, una norma absurda inventada por el grupo, una exclusión que todos aceptan porque es más fácil mirar hacia otro lado que plantarse.
La fotografía está muy bien trabajada, con ese ambiente de campamento, piscina, cuerpos adolescentes y espacios aparentemente sanos que poco a poco se vuelven opresivos.
El agua, que en teoría debería ser juego y deporte, acaba pareciendo un elemento de presión, de asfixia, de juicio colectivo. Todo está filmado con una tensión muy precisa, sin necesidad de subrayar cada momento con música de “ojo, esto es importante”.
Pero donde la película realmente brilla es en el guion, la puesta en escena y la dirección de personajes.
Polinger entiende cómo funciona la violencia infantil cuando se mezcla con la necesidad de pertenecer. No hay nada más peligroso que un niño con miedo a ser excluido intentando demostrar que merece estar dentro del grupo. Ahí nace gran parte del horror de la película.
Ben es un personaje especialmente interesante porque no es simplemente bueno o malo. Es débil, contradictorio, empático a ratos y cobarde en otros. Quiere hacer lo correcto, pero también quiere sobrevivir socialmente. Y esa tensión es muy real.
Porque The Plague no habla solo del abusador y de la víctima; habla también del testigo, del cómplice pasivo, del que sabe que algo está mal pero se calla porque teme ser el siguiente.
Eso es lo que la convierte en una película tan necesaria. No es solo “una película sobre bullying”.
Es una película sobre cómo se fabrica una víctima. Sobre cómo un grupo decide que alguien merece ser señalado. Sobre cómo una mentira repetida se convierte en norma. Sobre cómo una broma puede ser una tortura cuando nadie la detiene.
Y por eso duele tanto.Se ve pensando en patios de colegio, vestuarios, excursiones, campamentos, actividades extraescolares y todos esos lugares donde los adultos creen que los niños están simplemente conviviendo, cuando a veces están librando auténticas guerras silenciosas.
The Plague es devastadora, incómoda y tremendamente bien dirigida. Tiene una fotografía notable, un guion afiladísimo, una puesta en escena seca y una dirección de actores espectacular. Pero, sobre todo, tiene algo que muchas películas de terror no tienen: una verdad aterradora que asoma en cada espacio.